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| En el Nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo |
CASTIGADO POR PENSAR: LA VENGANZA DEL SECTARISMO
El texto que sigue no es solamente el lamento de un sabio herido: es una acusación contra una cultura que se beneficia del conocimiento de sus hombres libres, pero los abandona cuando se niegan a someterse. Y no se trata solo del poder político, se trata de algo mucho más profundo.
El shaykh ´Adab al-Ḥamsh es un sabio de vastísima formación, con décadas dedicadas al estudio, la investigación, la enseñanza universitaria y el servicio al conocimiento islámico. Sin embargo, su independencia intelectual y su negativa a convertir las escuelas, las identidades sectarias o las autoridades heredadas en objetos de obediencia incuestionable tuvieron un precio devastador, como él mismo lo expresa en estas líneas de tono sumamente personal.
Publicaremos después la reflexión posterior de él mismo, después de que él recibiera un sorprendete comentario a las palabras que aparecen traducidas a continuación.
Asuntos sociales:
¿Estás
arrepentido?
En el nombre de Allah, el Compasivo, el
Misericordioso.
Uno de mis antiguos amigos vino a visitarme. Al
verme cabizbajo y triste, incapaz de conversar con él y atenderlo como
correspondía a un huésped querido, me dijo:
—Allah, exaltado sea, dice: «Y si se os dice:
“Regresad”, entonces regresad; eso es más puro para vosotros».
Si mi visita no es oportuna, me marcharé sin
molestarme, ¡por Allah! Pero ¿qué te sucede? Cuéntamelo. Me entristece verte
enfermo, afligido, como si no fueras tú mismo.
Le dije:
—No te recuerdo antes del tercer grado de
primaria. Nuestra amistad se mantiene desde entonces hasta hoy. Vivimos juntos
ocho años en la noble Meca, seis años en Iraq y cerca de diez años en Jordania.
¿Lo recuerdas?
Me miró fijamente, con sorpresa, y respondió:
—¡Por supuesto que lo recuerdo, con todos sus
detalles!
Le pregunté:
—¿Tú me tienes miedo?
Respondió:
—¡Por Allah, eres una persona intimidante! Pero yo
no te temo, porque respetas a tus maestros y colegas, eres paciente con ellos,
y jamás he oído que hayas insultado o golpeado a ninguno. Por eso no te tengo
miedo. ¿Qué pretendes con esta pregunta?
Le dije:
—Soy musulmán, creyente y practicante de la
excelencia espiritual, según creo. Soy profesor universitario y poseo los
grados de licenciatura, maestría y doctorado, todos obtenidos con calificación
de excelencia.
Tengo más de veinte libros publicados y más de
cien investigaciones, además de mi labor de edición crítica, verificación y
documentación de las cadenas y fuentes de los Ṣaḥīḥ de al-Bujārī, Muslim e Ibn Ḥibbān.
¿No resulta llamativo que ninguna universidad,
facultad ni instituto haya querido contratarme para enseñar desde 1996 hasta
nuestro encuentro de hoy, en la noche del primero de agosto de 2026?
¿Soy acaso la persona más ignorante de toda la
comunidad que posee un doctorado?
¿Soy el peor doctor del mundo árabe?
¿Cometo, según lo que tú conoces de mí, actos
obscenos o inmorales?
¿Es realmente mi situación un decreto divino
coercitivo, mediante el cual Allah, exaltado sea, quiere empobrecerme hasta el
punto de que no he tenido ingreso económico alguno desde el 1 de enero de 2018
hasta este mismo instante?
Todos mis gastos han sido cubiertos mediante
préstamos benévolos sin interés, cuya cuantía ya alcanza cientos de miles de
dólares. Temo morir antes de poder devolverlos, y temo que, debido a su enorme
magnitud, mis hijos se nieguen a pagarlos después de mi muerte.
¿Debo decirte, hermano mío, que ya no encuentro a
nadie que quiera prestarme dinero, del mismo modo que tampoco encuentro a nadie
dispuesto a comprar el excelente terreno que heredé de mi padre —que Allah,
exaltado sea, tenga misericordia de él— para que pueda pagar mis deudas con su
valor?
¿Hasta tal punto merezco este castigo y esta
privación, mientras muchos doctores que fueron alumnos míos encuentran empleos
con salarios elevados que los libran de la angustia de las deudas abrumadoras?
Dime, por Allah: ¿por qué tú posees una casa en Ḥamā, un apartamento en Damasco, un automóvil y decenas de
miles de dólares, cuando únicamente tienes una licenciatura?
Mientras que yo no he podido comprar ni siquiera
una habitación ni una bicicleta, y no poseo un solo dólar, salvo aquello que
consigo prestado.
¿Es esta la justicia del Sapientísimo Proveedor?
¿O es la injusticia de los musulmanes?
Mi amigo me respondió:
—¿Acaso sé yo algo que tú ignoras? ¿Qué podría
contestarte?
Sin duda, Allah, exaltado sea, posee una sabiduría
en este sufrimiento tuyo. Pero es imposible que tú atribuyas injusticia al
Señor de los mundos. ¡Lejos de ti semejante pensamiento!
¡Oh, shayj Adab! Tú no te pareces a ninguno de los
sabios ni de los doctores, y ninguno de ellos se parece a ti.
En realidad, no perteneces, en las cuestiones
doctrinales e intelectuales, a ninguno de los madhhabs de Ahl al-Sunna.
Proclamas abierta y públicamente que no eres de
Ahl al-Sunna y que no consideras que Ahl al-Sunna sean, por sí solos, la gente
de la verdad y el grupo salvado, ni que ellos sean toda la comunidad musulmana
mientras los demás se encuentran extraviados.
¡Y no solamente eso!
También has dicho que no te consideras obligado a
imitar a Abū Bakr, ʿUmar, ʿUthmān, ʿAlī, etcétera.
Ahl al-Sunna es una corriente con límites que no
deben ser traspasados. Cada uno de sus madhhabs posee sus propios fundamentos,
filosofía y sabios, mientras que tú no consideras que todo eso merezca ser
sacralizado.
Y quienes no pertenecen a Ahl al-Sunna te
consideran un enemigo encarnizado.
Mañana y noche arremetes contra los rāfiḍíes, ridiculizas sus mentes y sus creencias y desacreditas
a sus sabios.
Declaras incrédulos a los nuṣayríes, los drusos,
los ismailíes y los yazidíes, así como al nacionalismo, el secularismo, el
judaísmo y el cristianismo.
¿Y después esperas que los musulmanes y los no
musulmanes sean justos contigo?
Según mi apreciación personal, todos se benefician
de tu conocimiento cuando este fortalece su confianza en sus propios madhhabs y
tendencias, pero apartan la vista de aquello que contiene una crítica o
menoscabo de sus propias posiciones.
Tú mismo afirmas que quien se limita a imitar es
ignorante, aunque posea un doctorado. Eso significa que toda la comunidad es
ignorante, porque todos los sabios son imitadores.
Por eso no me parece justo que pidas a la gente
que se preocupe por tu sufrimiento, tus enfermedades y tus necesidades.
Además, ahora no puedes caminar ni cien pasos sin
ayuda.
Es decir, han transcurrido setenta y nueve años de
tu vida, durante los cuales soportaste sus pruebas y dificultades. ¿Acaso eres
ahora incapaz de soportar lo que queda de estos «días del ocaso»?
Y a vosotros, hermanos míos y queridos amigos de
mi página, os pregunto:
¿Merece una persona de pensamiento libre pasar
toda su vida en la pobreza, la opresión y el desconocimiento?
¿Contiene esta publicación una lección para toda
persona libre, íntegra y honorable, cuya conclusión sería la siguiente:
«Guárdate de contradecir al sectarismo abominable y a sus caciques, al estrecho
confesionalismo y a sus guardianes, y a los políticos serviles y despreciables
y a sus secuaces»?
Y alabado sea Allah en toda circunstancia.
ʿAllāmah al-Sharīf 'Adāb al-Ḥamsh al-Ḥusaynī, que Allah le proteja.
Oh Allah bendica a Shaykh ´Adab y dale buena salud y amplios medios y que su legado sea preservado con espíritu renovado de investigación por nuestras generaciones.


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