Salatul fatih

Salatul fatih
Oh Allah bendice a nuestro Maestro Muḥammad, el que abre lo que está cerrado y sella lo que le ha precedido, aquel que hace triunfar a la Verdad por la Verdad, el guía hacia el camino recto, y a su familia, conforme a lo que merece su categoría y su inmenso alcance

viernes, 4 de septiembre de 2026

Los problemas del mundo del sufismo: qué ocurrió mal

En el Nombre de Allah,
el Misericordioso, el Compasivo


 

LOS PROBLEMAS SERIOS DEL MUNDO DEL SUFISMO: QUÉ LE HA IDO MAL


Comparto estas palabras de aguda crítica interna, y a la vez de sensatez cruda pero necesaria, después de más de 25 años de haber estado vinculado a ṭarīqas sufíes, tras observar a lo largo de los años mucho del entorno “sufi” de nuestro tiempo.

Las comparto desde dentro del sufismo, no desde fuera de él; desde el amor por sus enseñanzas, por el dhikr, por los awliyā' de Allah y por todo lo extraordinario que he recibido durante esos años.

Precisamente por eso, y porque la experiencia también permite mirar ciertas cosas con mayor distancia, creo que vale la pena hablar con franqueza sobre la bay'ah, los shuyūkh, las ṭarīqas y algunas dinámicas humanas que pueden generarse alrededor de ellos.

Mi reflexión no conduce a recomendar dar o no dar bay'ah como regla general. Hay personas para quienes encontrar un shaykh y una buena ṭarīqa constituye una de las mayores bendiciones de su vida, siempre y cuando la persona tenga las condiciones necesarias (entre ellas, el conocimiento y disposición personal necesario). Si no tiene esas condiciones, habrá muchos casos en que una determinada bay'ah puede resultar inconveniente o prematura. Y a veces de plano puede resultar muy dañina.

La cuestión no admite una fórmula universal. Lo importante es llegar a ella con conocimiento, discernimiento y libertad interior.

I             NECESIDAD DE UN MAESTRO

Una frase muy repetida en ambientes sufíes dice que «quien no tiene un shaykh tiene al Shayṭān por shaykh».

Esa frase, en la dinámica de muchos miembros de tariqa, es una burda exageración y un arma inclusive de propaganda y de acusación contra el que no acepta tener a un maestro.

De modo muy restringido, tiene sabiduría en un contexto mucho más limitado: cuando alguien entra verdaderamente en estados avanzados de sulūk, atraviesa experiencias interiores profundas y comienza a internarse en ámbitos cada vez más sutiles del ghayb, aumenta la necesidad de alguien experimentado que le ayude a distinguir entre apertura espiritual, imaginación, nafs y engaño.

En ese contexto restringido, un verdadero shaykh puede tener una función extraordinariamente valiosa.

Pero no se interpone entre Allah y el discípulo. No sustituye al Corán ni a la Sunna. No posee soberanía sobre la conciencia. Mucho menos es infalible.

Es alguien que conoce mejor determinadas regiones del camino por haberlas recorrido antes y que puede decir al caminante: esto que estás experimentando es normal; esto es peligroso; esto probablemente procede de tu ego; esto no merece importancia; aquello sí merece atención; aquí necesitas avanzar; aquí necesitas detenerte.

Pero ese grado de sulūk, de condición de viaje espiritual, corresponde probablemente a una proporción extraordinariamente reducida incluso de quienes han dado bay'ah. De miles de murids, apenas un puñado.

No es el caso común. Así que sí, para el común de los casos, esa frase es inaplicable, una exageración burda y un arma de finalidad no santa.

II            ELECCIÓN DE UN MAESTRO

Antes de buscar entregar tu obediencia a un maestro hay que buscar conocimiento.

Antes de dar bay'ah existe una paradoja que debe tomarse muy seriamente: para escoger correctamente a alguien como guía necesitas ya poseer suficiente conocimiento para poder juzgar a la persona a quien estás considerando entregar semejante confianza. Debes conocer razonablemente qué es halal y haram, qué exige la Sharīʿa, cuáles son las obligaciones esenciales, cuáles son los grandes principios éticos del Islam y qué conductas serían incompatibles con alguien que pretende conducir a otras personas hacia Allah. Nunca debe desaparecer ese escrutinio después de la bay'ah. Dar bay'ah no significa entregar la inteligencia.

Un musulmán debería conocer suficientemente su dīn como para saber qué es halal y haram, cuáles son sus obligaciones, cuáles son los principios generales de la ética islámica y qué límites nadie puede pedirle atravesar. Paradójicamente, necesitas cierto grado de formación antes de elegir a quien eventualmente tendrá alguna función en tu formación.

Ese escrutinio no termina con la bay'ah. Dar bay'ah no significa apagar la inteligencia. No significa transferir la conciencia moral a otra persona. No significa que desde ese momento todo cuanto ocurra dentro de la ṭarīqa deba recibir una interpretación favorable. El discernimiento que necesitabas para entrar sigue siendo necesario mientras permaneces dentro.

Tampoco basta con que alguien sea realmente un walī de Allah. En primer lugar, reconocer la wilāya de alguien es ya una cuestión de discernimiento humano y, por tanto, falible.

Podemos encontrar signos extraordinarios, firāsa (conocimiento sobrenatural), transformación de quienes lo rodean, humildad, dhikr, karāmāt (milagros) o una presencia que orienta poderosamente hacia Allah. Podemos tener razones muy profundas para creer que estamos ante un walī. Pero nosotros no conocemos los corazones como Allah los conoce. Pero uno se guía por lo que llega a conocer, cierto. Es razonable.

El asunto es que admitiendo que alguien sea verdaderamente un gran walī, queda todavía otra pregunta: ¿es ese walī el maestro adecuado para mí?

No todo médico excelente es el médico adecuado para cualquier paciente; tampoco todo maestro extraordinario es necesariamente el maestro apropiado para cada discípulo.

No es una pregunta menor en absoluto. Puede haber diferencias de temperamento, cultura, metodología, sensibilidad, situación familiar o necesidades espirituales. Reconocer la santidad de alguien no crea automáticamente una obligación de darle bay'ah, por muchos que los discípulos de ese maestro piensen otra cosa.

III          LOS LÍMITES DE UN MAESTRO

La wilāya tampoco equivale a competencia universal. Aquí va una serie de cosas obvias pero que son verdaderos elementos escasos en mucha parte de la cultura práctica en una tariqa:

Un auténtico walī puede tener una extraordinaria comprensión de las enfermedades del alma y no ser mujtahid.

Puede poseer una formidable firāsa y ser un administrador mediocre.

Puede conocer aspectos del ghayb (el No Visto) que nosotros no conocemos y entender poco de economía.

Puede ser espiritualmente gigantesco y no tener ninguna competencia especial en psicología, política, medicina o sociología.

Un gran wali podría incluso ser un mal pedagogo, incluso dentro de su propio campo. Por ejemplo: puede tener una estación espiritual real y, sin embargo, expresarse de formas que algunos discípulos interpretan mal; puede equivocarse al tratar a determinada persona; puede emitir mensajes contradictorios; puede no advertir el daño psicológico que determinada metodología causa en alguien. Reconocer esa posibilidad no es faltarle el respeto. Lo peligroso es construir un sistema donde admitir que el shaykh se equivocó sea prácticamente impensable.

Santidad e infalibilidad, o santidad y conocimiento en todos los campos, son cosas completamente distintas.

Un shaykh de elevada estación, no pierde su personalidad, idiosincrasia, cultura y temperamento.

Puede ser duro o dócil, expansivo o reservado, severo o indulgente. Puede conservar prejuicios culturales, sesgos generacionales, preferencias personales o criterios discutibles sobre cuestiones que la propia Sharīʿa deja abiertas.

El peligro aparece cuando el discípulo empieza a convertir la idiosincrasia del shaykh en norma universal: los gustos de su maestro se transforman en virtudes, las aversiones de su maestro se transforman en defectos a evitarse y su cultura particular en una especie de Sunna privada.

IV          EL PELIGRO ES REAL

¿Por qué tanto cuidado con delimitar el campo de un maestro?

Pensemos en un caso hipotético (pero cuántos casos reales hay tras esta “hipótesis”).

Un sheikh puede ser un hombre de enorme austeridad, dhikr y servicio, manifestar auténticas karāmāt —dones extraordinarios concedidos por Allah a algunos awliyā'— y poseer una firāsa sorprendente. Puede recibir a un discípulo y, sin que éste le haya explicado nada, identificar exactamente una enfermedad de su corazón, advertirle sobre una situación familiar que nadie le había contado o decirle unas palabras capaces de transformar su vida espiritual. Podemos razonablemente reconocer en eso signos extraordinarios.

Pero ese mismo sheikh puede haber crecido en una cultura profundamente patriarcal, conservar prejuicios fuertes respecto de las mujeres que trabajan, tener opiniones políticas extraordinariamente simplistas o recomendar una inversión financiera desastrosa porque confió ingenuamente en alguien. Que conozca admirablemente un corazón no demuestra que conozca los mercados. Que tenga firāsa no convierte sus prejuicios culturales en revelación. Y que sea un walī no convierte automáticamente sus opiniones políticas, económicas o familiares en una extensión de la Sharīʿa.

Imaginemos un segundo sheikh hipotético, completamente diferente: afectuoso, misericordioso, extraordinariamente luminoso, capaz de generar profundas aperturas durante el dhikr. Quizá un día llame inesperadamente a un murīd situado en otro país y le diga: «No tomes mañana esa decisión», sin aparente conocimiento de lo que ocurre, y al día siguiente el discípulo descubra que aquel consejo evitó una desgracia. Quizá perciba también una crisis interior que otra persona había ocultado a todos. Y, sin embargo, puede ser extraordinariamente pasivo al gobernar su propia ṭarīqa: incapaz de poner límites a un hijo autoritario, demasiado indulgente con un muqaddim abusivo, reacio a destituir colaboradores incompetentes porque les tiene cariño, o incapaz de percibir la magnitud del sufrimiento que determinadas dinámicas institucionales están produciendo en algunos discípulos. Puede ser espiritualmente superior a casi todos los que lo rodean y, al mismo tiempo, dirigir mal determinados asuntos de su organización. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

Pero si piensas como murid que la boca de tu maestro sólo produce afirmaciones infalibles (o casi infalibles en la práctica) puedes terminar tomando una decisión desastrosa para tu negocio, familia, cultura, etc. si no eres capaz de retener tu autonomía de criterio razonable, o si la tariqa te enseña que hacerlo es ser mal discípulo.

Y cuántos casos así han ocurrido.

Hay que abandonar una falsa disyuntiva que causa mucho daño: «Si es verdaderamente un walī, todo cuanto hace tiene que estar bien; y si se equivocó gravemente, entonces nunca pudo haber sido un walī». No. Un ser humano puede poseer extraordinaria proximidad a Allah y conservar limitaciones, ignorancias, afectos, prejuicios, errores de juicio y puntos ciegos. La wilāya no es infalibilidad. Una concepción madura del sufismo debe permitirnos reconocer una karāma cuando tenemos buenas razones para reconocerla y, al mismo tiempo, llamar error a un error cuando existen razones igualmente claras para verlo.

Pero claro, si estas “equivocaciones” se refieren a que el maestro tenga conductas prohibidas por la Ley Divina (que debes tú conocer muy bien para ello), y no son un episodio raro, y pero aún si se las llama “sabidurías” … sal de allí cuanto antes.

V           EL PROBLEMA PUEDE SER LA TARIQA MISMA.

Esto es especialmente importante porque un auténtico walī puede continuar viviendo dentro de una concepción institucional de la ṭarīqa que pertenece sociológicamente a otra época.

Las antiguas ṭarīqas podían constituir verdaderas microsociedades. El shaykh conocía a las familias durante generaciones, intervenía en conflictos, conocía a esposos, esposas, hijos y vecinos y podía modificar realmente el entorno social de sus discípulos. Utilizando una imagen fuerte, podía funcionar casi como un pequeño rey dentro de aquella microsociedad.

Hoy un shaykh puede tener diez mil o cien mil murids distribuidos por el mundo. La forma institucional puede conservar el lenguaje de aquella antigua relación mientras la realidad que lo sustentaba ha desaparecido.

El shaykh no conoce tu matrimonio, la familia de tu esposa, los amigos de tus hijos, tu jefe, tus compañeros de trabajo ni las innumerables circunstancias concretas de tu vida.

Puedes ir a visitarlo 1 vez al año. Eso no cambio el asunto salvo en muy pequeña y temporal medida.

Incluso viviendo cerca de él, que es el caso más infrecuente, su capacidad para transformar todo tu entorno es muchísimo menor que la que podía ejercer un shaykh dentro de una comunidad tradicional cerrada.

Por eso conviene preguntarse honestamente qué significa nuestra bay'ah.

Si no eres alguien en suluk profundo (1 de cada 1000 o menos) y no vives cerca a él para ese propósito educativo en particular (un grupo a su vez muy pequeño de entre los que sí viven en sulk intenso), tienes una realidad que las tariqas frecuentemente negarán:

Tu bay'ah en los hechos es una bay'ah de barakah, aunque el discípulo o los representantes de la ṭarīqa digan que tu pacto al maestro es un pacto clásico con todas sus características (y obligaciones).

Recibir adhkar (recitaciones), seguir enseñanzas (en su ámbito de competencia), amar al shaykh, encontrarse ocasionalmente con él y vincularse a su silsila o línea de transmisión puede ser espiritualmente precioso. No hay que menospreciarlo. Pero tampoco hay que inventar una suhba y tarbiya personal donde materialmente no puede existir.

VI          LAS DINÁMICAS DE TARIQA TIENEN UN PROBLEMA.

Alrededor de cualquier autoridad espiritual pueden además generarse dinámicas sociales que ni siquiera el propio shaykh buscó.

La más clásica: su familia adquiere una aureola especial. Sus hijos comienzan a ser considerados casi espiritualmente superiores por nacimiento. Sus acompañantes parecen más importantes porque tienen acceso al shaykh. Sus muqaddims o wakiles o representantes reciben una autoridad que paulatinamente deja de ser funcional y empieza a entenderse como jerarquía espiritual.

Pero el hijo de un walī puede ser simplemente su hijo. Un muqaddim puede ser simplemente un buen organizador. La cercanía social al shaykh no mide la cercanía a Allah.

Ser representante del shaykh no convierte a nadie en wali, ni en psicólogo, ni en sabio, ni siquiera necesariamente en una persona con mejor carácter que los demás.

Hay que decirlo sin rodeos: existe fanatismo sufí y existe sectarismo sufí. Hay ṭarīqas en las que prácticamente todo el mundo termina convencido de que su sheikh es el Qutb de la época, el Sulṭān al-Awliyā', que el anterior también lo fue, que su ṭarīqa es la única que conserva verdadera tarbiya y que las demás son apenas caminos de barakah. Pero lógicamente no todas esas afirmaciones pueden ser verdaderas.

Eso debería producir, como mínimo, una sana cautela epistemológica.

Esto no invalida un relato extraordinario. Pero sí produce humildad, cautela, y sobre todo hay algo que no debe producir.

A veces las afirmaciones ni siquiera se limitan al orden espiritual. No. No es suficiente. El maestro debe ser más grande todavía. Y entonces se afirma que el sheikh es prácticamente mujtahid mutlaq (genio experto de las ciencias islámicas) sin que pueda exhibirse ante especialistas una producción jurídica capaz de justificar semejante afirmación.

Pero si aquel maestro ha alcanzado tan elevado rango de conocimiento de las ciencias islámicas: ¿dónde existe una obra jurídica, metodológica o científica capaz de demostrarlo ante los ulama especializados?

La admiración de los discípulos no sustituye la evidencia. Si alguien es un gran jurista debe poder reconocerse en su producción jurídica. Si es un gran especialista en hadiz, en sus trabajos de hadiz. Si es un gran pedagogo, en los frutos de su pedagogía. Ser wali no necesita convertirlo además en todas esas cosas.

VII        UNA REALIDAD Y UNA PARADOJA

Y aquí la cruda realidad: la gran mayoría de shaykhs sufíes, incluso auténticos, sinceros, y awliya, tienen poco conocimiento de las ciencias islámicas y no califican como ´alim y menos como algún ´Allamah.

Son muy escasos los casos donde el maestro sufí es además un erudito amplio.

Y aun así, no hay casi nunca entre ellos, ni entre los otros ulama, gente de auténtico ijtihad, sino básicamente “lectores de escuela” (seguidores, gente de taqlid, de una escuela, con los sesgos y limitaciones propias del taqlid).

Pero aquí viene la paradoja cruel:

No obstante ello, se observa muchas veces que la pertenencia a una ṭarīqa comienza a producir la sensación de formar parte de una élite espiritual frente a los demás musulmanes, algo profundamente contrario a la finalidad misma del tasawwuf ha comenzado a ocurrir.

El camino que debía destruir el orgullo ha producido una nueva forma de orgullo:

el orgullo de pertenecer al grupo que supuestamente ha trascendido el orgullo.

VIII       INMUNIDAD A LA CRITICA AUTÉNTICA

El síntoma más peligroso aparece cuando el sistema se vuelve inmune a toda corrección. Si algo que hizo el sheikh produjo daño, «había una sabiduría secreta». Si alguien sufrió, «es su nafs». Si pregunta, «le falta adab». Si un muqaddim actúa mal, «no debemos mirar los defectos de los cercanos al sheikh». Si alguien se va, «perdió la barakah». Y si critica la estructura, esa misma crítica demuestra supuestamente que está espiritualmente enfermo. En ese punto puede haber ya dinámicas que francamente tienen visos de sectarismo. Una persona puede sufrir durante años, quedar cegada, perder confianza en su propio juicio y terminar confundiendo la destrucción de su autonomía con la destrucción de su ego.

El peligro mayor aparece cuando se construye un sistema cerrado de interpretación.

Si algo hace daño, «había una sabiduría». Si alguien se siente herido, «es su nafs». Si cuestiona algo, «carece de adab». Si un representante se comporta mal, cuestionarlo parece convertirse indirectamente en cuestionar al shaykh. Si alguien se marcha, «perdió la barakah».

En ese momento ya no estamos simplemente ante espiritualidad: aparece una relación bien conocida de autoritarismo en la sociología del poder y del del conocimiento, mecanismos de pertenencia y dinámicas auto-protectors que tan fundamentales son para las sectas, pero que no debieran formar parte de una hermandad espiritual.

Sufrimiento silencioso.

Una persona puede realmente sufrir dentro de una estructura de este tipo. Puede pasar años intentando negar aquello que ve. Puede terminar desconfiando de su propia conciencia. Puede creer que está destruyendo su ego cuando en realidad está debilitando su personalidad. Puede llamar adab al miedo, entrega espiritual a la dependencia y humildad a la incapacidad de decir que algo está mal. Por eso la bay'ah nunca debería exigirnos cerrar los ojos.

X           ES NECESARIO UN GRAN CAMBIO

Lo anterior no constituye un argumento contra la bay'ah ni contra el sufismo. Constituye un argumento contra la ingenuidad y el uso de una relación de poder y las dinámicas de grupo cuando éstas se vuelven todo menos sanas. Constituye un argumento para un gran cambio en las dinámicas de muchas tariqas, eso sí.

Existe una crisis real de adaptabilidad de las ṭarīqas al mundo contemporáneo.

No es necesariamente una crisis del tasawwuf.

Muy al contrario. En una época caracterizada por materialismo, distracción, ansiedad, individualismo y superficialidad espiritual, existe una necesidad enorme de tasawwuf: purificación del corazón, dhikr, contemplación, disciplina del ego, maḥabba —amor espiritual— y orientación hacia Allah.

Pero una cosa es la realidad espiritual del sufismo y otra sus formas institucionales históricas. Las instituciones no son eternas. Son vehículos.

Y un vehículo que funcionó admirablemente en determinadas condiciones históricas puede necesitar transformaciones profundas cuando esas condiciones desaparecen.

El mundo contemporáneo posee rasgos negativos evidentes: individualismo excesivo, dificultad para aceptar una autoridad legítima, fragmentación del conocimiento, narcisismo y una tendencia a creer que cualquiera puede convertirse en especialista viendo vídeos.

Pero también posee adquisiciones valiosas:

Mayor alfabetización.

Acceso inmenso a fuentes.

Capacidad de comparar maestros.

Posibilidad de consultar especialistas de distintos países.

Mayor conciencia de las dinámicas de abuso psicológico.

Mayor autonomía personal.

Una concepción más madura de la responsabilidad individual.

Todo eso no debe ser tratado simplemente como decadencia moderna. También forma parte de la realidad histórica en la que Allah nos ha colocado.

No podemos alienarnos psicológicamente intentando vivir como si estuviéramos en una aldea de Anatolia del siglo XIII, una zāwiya marroquí del siglo XVIII o una comunidad de Asia Central del siglo XV. No vivimos allí.

Y fingir que vivimos allí no recrea aquel mundo.

Por eso hay que decir algo que puede resultar incómodo:

Determinadas formas de jerarquía personal absoluta que todavía se reproducen en algunas ṭarīqas no tienen hoy ningún sentido ni justificación.

No me refiero a negar toda autoridad. Siempre habrá maestros y alumnos, siempre habrá personas con más conocimiento. Eso es natural.

Más aún: hay siempre auténticos siervos de Allah. Hay hombres y mujeres de corazones extraordinariamente dedicados.

Creo perfectamente posible que existan auténticos awliyāʾ de Allah en nuestro tiempo y de hecho sí hay maestros.

Pero precisamente por eso resulta doloroso observar cuánto pueden contaminar la transmisión del sufismo el culto a la personalidad, la idealización del entorno familiar del shaykh, las jerarquías artificiales, la inflación de títulos espirituales, el sectarismo entre ṭarīqas y la incapacidad institucional para admitir errores o para no adaptarse.

Decirlo no es servir al enemigo del sufismo. Ocultarlo sí puede terminar sirviéndolo.

Porque cuando una persona inteligente entra en contacto con estas dinámicas y descubre contradicciones evidentes, puede terminar concluyendo no solamente que aquella organización estaba equivocada, sino que todo el tasawwuf era falso.

Y eso sería profundamente injusto.

Hay que saber distinguir el oro de la estructura humana que históricamente lo transportó.

Lo que carece de sentido es convertir la existencia de estos siervos  de Dios de corazón iluminado en una pirámide de subordinación psicológica total.

X           HACIA UN NUEVO PARADIGMA

Hay un cambio de paradigma necesario frente al esquema clásico del mundo premoderno de las tariqas.

Hoy veo perfectamente legítima otra forma de relación: acercarse a un shaykh, amar su luz, aprender de su experiencia, escuchar su consejo, mantener amistad y confianza, pedirle corrección allí donde verdaderamente nos conoce; pero sin construir alrededor de él una soberanía imaginaria sobre nuestra existencia.

Podemos aprender fiqh de un faqih, psicología de un psicólogo, medicina de un médico y tasawwuf de una persona que verdaderamente conozca el camino del corazón. No necesitamos fingir que todas las ciencias de Allah fueron depositadas en un solo ser humano.

Si encuentras un gran shaykh, agradéceselo profundamente a Allah. Si encuentras una comunidad sana de dhikr, disfrútala. Si una silsila te alimenta espiritualmente, permanece en ella. Si la bay'ah te ayuda verdaderamente a disciplinar el nafs y acercarte a Allah, reconoce esa gracia.

Pero mantén despierta la conciencia de que alrededor de las cosas más sagradas también pueden desarrollarse estructuras profundamente humanas.

Una relación sana con un sheikh debería finalmente producir más inteligencia, más personalidad (sí, más personalidad sana, más tu función e historia propia como siervo único de Dios en este mundo), más fuerza de voluntad, más discernimiento, mayor capacidad de amar, mayor responsabilidad y una conciencia más profunda de Allah. No debería infantilizarnos. Un verdadero maestro no necesita que su discípulo permanezca intelectualmente pequeño para poder seguir siendo maestro. El mejor profesor es precisamente aquel que se alegra cuando el alumno crece.

Y, sobre todo, no cierres el horizonte del conocimiento después de encontrar tu camino. Tener un shaykh no debería impedir conocer a otros shuyūkh. Pertenecer a una ṭarīqa no debería producir temor a escuchar a otros awliyā'. Amar una silsila no debería convertir todas las demás en sospechosas. Podemos nutrirnos de otros maestros sin abandonar nuestra senda. Podemos reconocer una luz distinta sin negar aquella que ya recibimos.

La unidad no consiste en uniformización. El camino hacia Allah es demasiado inmenso para reducirlo a nuestra pequeña geografía institucional. Otros shuyūkh pueden conocer cosas que el nuestro no conoce. Otros awliyā' pueden manifestar otros regalos de Allah. Otras ṭarīqas pueden haber conservado tesoros que nuestra propia cadena no enfatiza. Conocerlos no tiene por qué fragmentarnos: puede ensanchar nuestra capacidad de recepción y enriquecer precisamente el camino que ya recorremos.

Y si alguna vez llegamos verdaderamente a estados avanzados de sulūk, entonces quizá deberíamos volvernos todavía más agradecidos por los awliyā' de Allah dondequiera que aparezcan, no menos. A mayor conocimiento del océano, menos razonable resulta imaginar que todo el océano está contenido en nuestra copa.

Por eso, después de todos estos años, mi conclusión no es:

«Da bay'ah».

Ni:

«No des bay'ah».

Es otra:

Ama a la Gente de Allah auténtica. Y aprende. Discierne. Conoce. Observa. No abandones nunca esa capacidad.

Si das bay'ah, hazlo con los ojos abiertos.

Si no la das, no pienses que por ello has quedado fuera del camino hacia Allah.

Si encuentras un auténtico walī, agradécelo.

Pero recuerda que puede ser un walī sin ser necesariamente tu walī, tu maestro, tu pedagogo o la persona adecuada para dirigir tu vida.

Si encuentras a tu shaykh, ámalo sin convertirlo en infalible.

Reconoce sus karāmāt sin transformar todas sus decisiones en karāmāt.

Respeta a su familia sin santificarla ni mitologizarla.

Respeta a sus representantes sin convertir sus cargos en estaciones espirituales ni alimentar sus egos ni permitir una relación de poder que no sea sana.

Ama tu ṭarīqa, si estás en una, sin imaginar que Allah ha agotado Sus tesoros dentro de ella.

Y mantente abierto.

Porque puede ocurrir sino un gran riesgo (y cuántas veces ocurre y sigue ocurriendo).

Si se dan los riesgos antes mencionados, a veces no dar bayat puede ser espiritualmente más sano que darla.

Puede proteger tu inteligencia.

Puede proteger tu personalidad.

Puede proteger tu familia.

Puede proteger tu relación con Allah.

Porque también es posible pasar años creyendo que estás luchando contra tu nafs cuando, en realidad, estás aprendiendo a desconfiar de tu conciencia; creyendo que estás adquiriendo adab cuando estás perdiendo tu voz; creyendo que estás obedeciendo a un maestro cuando estás obedeciendo a una estructura humana; y creyendo que estás acercándote a Allah mientras te vuelves cada vez más dependiente de una personalidad.

Mantente entonces, en todo caso, abierto a aprender.

Abierto a corregirte. Abierto a otros hombres y mujeres de Allah. Abierto a otras formas de conocimiento. Abierto a reconocer un error incluso allí donde existe mucha luz. Y abierto también a reconocer una enorme luz incluso en alguien que posee limitaciones humanas evidentes.

Una forma más madura de vivir el sufismo: permanecer fiel sin volverse cerrado; amar sin idealizar; obedecer donde corresponde sin abdicar de la conciencia; recibir barakah sin fabricar infalibilidad; caminar por una senda concreta sin confundirla con todo el horizonte.

Porque finalmente no entramos al tasawwuf para pertenecer a una institución.

Ni para poseer un shaykh.

Ni para poder decir que nuestra ṭarīqa es la correcta.

Entramos para conocer mejor a Allah, purificar el corazón y convertirnos en seres humanos más verdaderos delante de Él.


Por: Nuruddin Cueva, 4 de setiembre de 2026.

viernes, 28 de agosto de 2026

Opinión y vivencia personal de un sabio contemporáneo sobre la poligamia

En el Nombre de Allah,
el Misericordioso, el Compasivo

 

Poligamia en el Islam

¿Qué opinas de la poligamia?


En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo.

«Jamás podréis ser completamente justos entre las mujeres, aunque lo deseéis ardientemente. Pero no os inclinéis del todo hacia una dejando a la otra como suspendida. Y si os reconciliáis y sois conscientes de Allah, ciertamente Allah es Perdonador, Misericordioso.»

(Corán 4:129)


Ahora bien:

Uno de mis amigos me preguntó cuál era mi opinión sobre la poligamia, puesto que yo mismo había recorrido ese difícil camino. Me dijo:

«No quiero conocer el juicio jurídico [fiqh], pues ya lo conocemos. Quiero tu opinión a partir de tu propia experiencia»… etc.

Digo, y de Allah proviene el éxito:

Cuando enseñaba en la ciudad de Wādī al-ʿUyūn, en las montañas de los alauitas, durante los años 1972–1973, las noches de invierno eran largas, y eso me permitió —por gracia de Allah Altísimo— escribir dos investigaciones sobre la mujer:

La primera: La mujer musulmana en el viaje de la vida.

La segunda: Los privilegios de la mujer musulmana en el Noble Corán.

En ambos trabajos mis fuentes eran muy escasas. Entre las principales estaba el libro Fī Ẓilāl al-Qurʾān (A la sombra del Corán), del mártir Sayyid Quṭb Ibrāhīm.

Los servicios de seguridad sirios confiscaron mis investigaciones y mis cuadernos de poesía en 1975, durante el conocido incidente del mártir Marwān Ḥadīd. Que Allah Altísimo tenga misericordia de ambos.

En 1987 fui nombrado profesor en la Facultad de Educación de la agradable ciudad de Ṭāʾif. La Facultad me confió muchas asignaturas, entre ellas:

"La ética del hogar musulmán", que se impartía durante un solo semestre.

Y "Las normas jurídicas específicamente relativas a las mujeres", que se impartía durante dos semestres.

Ambas eran asignaturas del Departamento de Economía Doméstica de la Facultad de Educación.

Enseñé estas dos materias durante siete semestres, y de esas clases surgieron dos libros:

La ética del hogar musulmán.

El fiqh de la mujer musulmana.

¡Y hasta hoy no he tenido oportunidad de revisarlos y publicarlos!

(El pobre ʿAdāb es muy perezoso para publicar sus libros).

En "El fiqh de la mujer musulmana" discutí la cuestión de la poligamia, y la mayoría de las muchachas del Departamento de Economía Doméstica terminaron convencidas por el texto que les presenté.

Y aquí tienes, hermano lector, el resumen de mi opinión sobre esta cuestión tan difícil, tanto para los hombres como para las mujeres.

Primero

A partir de las palabras de Allah Altísimo:

«Y si teméis no ser justos con las huérfanas, casaos entonces con las mujeres que os parezcan buenas: dos, tres o cuatro. Pero si teméis no ser justos, entonces con una sola, o con aquellas que posea vuestra diestra. Eso es lo más próximo a evitar que cometáis injusticia.»

(Corán 4:3)

entiendo que la poligamia es algo lícito y bueno cuando concurren dos condiciones:

— Que el esposo que pretende practicarla tenga una expectativa fundada de poder actuar con justicia.

— Que tenga capacidad económica para mantenerlas.

Esta es mi posición, añadiendo también la necesidad de tener en cuenta la capacidad física.

Cuando una mujer está sola con su marido, suele conformarse con aquello que de él le basta para preservar su castidad, y se preocupa mucho por su salud.

Pero cuando tiene una coesposa, frecuentemente intentará ponerlo en aprietos exigiéndole más.

Segundo

Las normas jurídicas de la poligamia se refieren directamente al hombre que está casado simultáneamente con dos o más esposas.

En cambio, el matrimonio misyār, el matrimonio contraído con la intención previa de divorciarse —el llamado matrimonio del viajero— y el matrimonio motivado por el deseo, tienen cada uno sus propias reglas específicas, y su relación con la poligamia propiamente dicha es débil.

Tercero

Yo, este pobre siervo, nunca estuve casado simultáneamente con cuatro mujeres, ni tampoco con tres.

¡Solamente llegué a estar casado con dos al mismo tiempo!

Y a partir de mi experiencia personal digo:

Ningún musulmán tiene derecho, cuando Allah y Su Mensajero han decidido un asunto, a arrogarse una elección propia:

«No corresponde a un creyente ni a una creyente, cuando Allah y Su Mensajero han decidido un asunto, tener elección alguna respecto de su asunto.»

(Corán 33:36)

Sin embargo, la poligamia no constituye un pilar de la vida matrimonial ni es una obligación religiosa.

A lo sumo, puede considerarse una Sunna recomendable para el hombre fuerte, rico, paciente y de carácter tolerante y sereno.

Cuarto

La mujer, por su propia naturaleza, detesta la poligamia —aun sabiendo que fue Allah Altísimo quien la legisló—, mientras que los medios de comunicación mundiales y árabes presentan la poligamia como si fuese una traición.

Las películas, tanto largas como cortas, continúan reforzando este significado injusto.

Hasta tal punto que la cultura de la poligamia ha terminado siendo completamente rechazada en nuestras sociedades.

Además, los costos económicos y psicológicos de la poligamia se han vuelto muchísimo más difíciles de lo que puede imaginar quien nunca la ha practicado.

Algunas de mis esposas lloraban por la intensidad de sus celos. A veces llegaban a perder el equilibrio emocional y me enfrentaban con palabras duras, o insultaban a su coesposa y la menospreciaban.

En todo esto existe un sufrimiento considerable tanto para la esposa como para el marido.

Yo sentía compasión por ella y sufría también, y me decía interiormente:

«¡Ojalá hubiese sido más paciente y no me hubiera embarcado en esta amarga experiencia!»

¡Glorificado sea Allah, el Inmenso!

Quinto

Yo me casé con muchas mujeres, pero no pude soportar sus celos, sus interminables conversaciones ni las situaciones incómodas en las que me ponían, de modo que terminé divorciándome de todas ellas.

A pesar de eso, las respeto a todas, reconozco que les debo lealtad a todas y trato honorablemente a todas.

Y todas ellas me quieren, sin ninguna duda.

Desde el año 2016 vivo sin esposa.

¡Yo soy quien escribe e investiga!

¡Yo soy quien lava y limpia!

¡Yo soy quien atiende a mis huéspedes y a los alumnos que vienen a visitarme!

Por eso, mi propia experiencia me dice:

Si no hubiera existido la poligamia, no habría tenido a Saʿīd, Aḥmad, Ḥasan, Ḥusayn y Fāṭima, nacidos de mi segunda esposa.

Pero si no hubiera practicado la poligamia, probablemente estaría ahora con mi virtuosa primera esposa, a quien considero una de aquellas mujeres leales, luchadoras y pacientes.

Y no estaría viviendo mi vejez solo, soportando toda la dureza que la soledad tiene para un anciano.

Si no hubiera existido la poligamia, mis hijas no habrían estado entristecidas durante treinta y ocho años, hasta el día de hoy.

Si no hubiera existido la poligamia, decenas de miles de dólares no se me habrían escapado de las manos.

Si no hubiera existido la poligamia, tampoco tendría compromisos económicos permanentes que continúan hasta el día de hoy.

Lo que aconsejo a nuestros hijos jóvenes que se disponen a casarse es que no se precipiten al escoger a su primera esposa y que no se dejen engañar únicamente por el ḥijāb de una muchacha.

El ḥijāb es solamente una de las condiciones que contribuyen a la estabilidad del hogar.

La educación es una segunda condición, pues convivir con una persona ignorante, sea hombre o mujer, constituye una de las pruebas de la vida.

Y la belleza de la esposa, para mí y para la mayoría de los hombres, es uno de los pilares más importantes de la estabilidad matrimonial.

En cambio, para una mujer, la belleza del marido no sería sino un placer visual.

¡Ella antepone a eso la riqueza, el prestigio, la fama y los músculos!

Y así como los hombres difieren entre sí respecto de todo lo anterior, también las mujeres son diferentes unas de otras.

Aconsejo a mis hermanos que, en nuestra época, se limiten a una sola esposa, pues hombres y mujeres se han alejado mucho de la religión.

Si la vida con una sola esposa se vuelve extremadamente difícil, la poligamia nunca arreglará la situación.

Por el contrario, multiplicará las dificultades.

En semejante situación, la separación es preferible:

«Y si ambos se separan, Allah enriquecerá a cada uno con Su abundancia.»

(Corán 4:130)

Lo correcto entonces es buscar otra esposa, dando a la mujer anterior todos sus derechos íntegramente y tratándola con benevolencia incluso después del divorcio:

«Y no olvidéis la generosidad entre vosotros.»

(Corán 2:237)»

Y en Allah buscamos ayuda.

Y alabado sea Allah en toda circunstancia.


Escrito por: ʿAllāmah al-Sharīf ʿAdāb al-Ḥamsh al-Ḥusaynī, que Allah le proteja.


[Traducido con IA de su publicación en Facebook del día 28 de agosto de 2026.]







viernes, 21 de agosto de 2026

Corán, Torá y Evangelio: Varias Revelaciones y un Solo Dios

En el Nombre de Allah,
el Misericordioso, el Compasivo


Corán, Torá y Evangelio: Multipactismo

 

Un solo Dios, Tres Revelaciones


Corán, Torah y Evangelio. ¿Cómo entender desde el Sagrado Corán a las Revelaciones anteriores? ¿Subsisten tres caminos? ¿La Torah y el Evangelio perdieron su valor de salvación y de guía? ¿Fueron invalidados o derogados, como se dice, por el Corán?

Regresemos al origen. Empecemos así con un ejercicio sencillo pero fundamental: leer juntas algunas aleyas del Sagrado Corán que normalmente escuchamos por separado. Dejemos primero que hablen unas al lado de otras.

«Ciertamente, los creyentes, los judíos, los cristianos y los sabeos, quienes crean en Allah, en el Último Día y obren rectamente, tendrán su recompensa junto a su Señor; no tendrán temor ni se entristecerán».
Corán 2:62

La misma promesa aparece nuevamente, mucho más adelante:

«Ciertamente, los creyentes, los judíos, los sabeos y los cristianos: quienes crean en Allah, en el Último Día y obren rectamente, no tendrán temor ni se entristecerán».
Corán 5:69

Y cuando judíos y cristianos disputan acerca de quién posee la salvación, el Corán recoge sus pretensiones:

«Dicen: “Nadie entrará en el Jardín a menos que sea judío o cristiano”. Ésos son sus deseos. Di: “Presentad vuestra prueba, si sois veraces”».
Corán 2:111

Pero la respuesta de Allah resulta especialmente digna de atención. No responde estableciendo simplemente un tercer monopolio comunitario:

«¡Al contrario! Quien entregue su rostro a Allah y obre con excelencia tendrá su recompensa junto a su Señor; no tendrá temor ni se entristecerá».
Corán 2:112

El Corán tampoco habla de toda la Gente de la Escritura como si constituyera una sola realidad espiritual:

«No todos son iguales. Entre la Gente de la Escritura hay una comunidad recta que recita las aleyas de Allah durante la noche y se postra. Creen en Allah y en el Último Día, ordenan lo reconocido como bueno, prohíben lo reprobable y se apresuran en las buenas obras. Ésos están entre los rectos. Y cualquier bien que hagan no les será negado».
Corán 3:113-115

Y encontramos todavía una afirmación más explícita:

«Entre la Gente de la Escritura hay quienes creen en Allah, en lo que os fue revelado a vosotros y en lo que les fue revelado a ellos, humildes ante Allah, sin vender las aleyas de Allah por un precio miserable. Ésos tendrán su recompensa junto a su Señor».
Corán 3:199

Reparemos en algo. El Corán habla de “gente de la escritura”, no de musulmanes. De hecho, esta aleya (3:199) adquiere particular relieve cuando reflexionamos en que fue descendida a propósito del Negus, el rey cristiano abisinio que cobijó al primer grupo de emigrantes musulmanes, dándoles seguridad y permitiéndoles practicar el Islam.

El Negus escuchó la recitación de la sura Maryan del Corán y reconoció que estaba ante un Libro de Dios. Pero aunque fue un protector para los musulmanes que emigraron a su reino, y reconoció al Corán y al Mensajero como auténtico Mensajero de Dios, el Negus siguió practicando el cristianismo hasta su fallecimiento. Cuando falleció, el Profeta Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam, realizó a distancia la oración fúnebre por él.

Prosigamos. Cuando el Corán habla de la Torá, no la describe simplemente como un libro que alguna vez fue revelado y luego desapareció:

«Ciertamente, hicimos descender la Torá, en la que hay guía y luz. Mediante ella juzgaban a los judíos los profetas que se habían entregado a Allah, así como los rabinos y los doctores, pues se les había confiado la custodia de la Escritura de Allah y eran testigos de ella».
Corán 5:44

Y al hablar de Jesús, la paz sea con él, dice:

«Hicimos que Jesús hijo de María siguiera sus pasos, confirmando la Torá que tenía ante sí, y le dimos el Evangelio, en el que hay guía y luz, confirmando la Torá anterior a él, como guía y exhortación para quienes tienen conciencia de Allah».
Corán 5:46

Más sorprendente todavía es lo que sigue:

«Que la gente del Evangelio juzgue conforme a lo que Allah ha revelado en él».
Corán 5:47

Después llega el Corán, confirmando las Escrituras anteriores y ejerciendo autoridad. Pero la conclusión que sigue merece ser leída muy despacio:

«A cada uno de vosotros le hemos establecido una ley y un camino. Si Allah hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quiso probaros mediante lo que os concedió. Competid, pues, en las buenas obras. A Allah retornaréis todos, y Él os informará acerca de aquello en lo que discrepabais».
Corán 5:48

Nada de esto significa que el Corán considere correctas todas las doctrinas existentes. El Corán critica expresamente determinadas concepciones cristianas acerca de Jesús y de la Trinidad (5:72-73), del mismo modo que critica errores, transgresiones y deformaciones entre judíos, cristianos y musulmanes.

Pluralidad de pactos no significa relativismo doctrinal. Precisamente por eso resulta tan importante no borrar ninguno de los dos registros del Libro: ni sus correcciones ni sus reconocimientos. Los judíos deben reconocer el honor y dignidad de María y de Jesús, la paz sea con ellos, así como los cristianos deben corregir los excesos en su culto y doctrinas. El Sagrado Corán los llama repetidamente a rectificaciones.

Pero frente a todas las aleyas anteriores, no existe ninguna que establezca que la Torá y el Evangelio, en su integridad, quedan desautorizados o revocados o dejados sin efecto, o que no se los pueda siquiera conocer en realidad. Todo lo contrario.

De hecho, las correcciones a las que son llamados los judíos no afectan el texto ni el contenido de la Torá, pues ninguno de esos errores se encuentran allí, sino en ciertos escritos y desarrollos posteriores en variantes del judaísmo rabínico.

Y los excesos de culto y doctrina del cristianismo que el Corán declara, no afectan tampoco a los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas), que son reconocidos como los más originales. Deben distinguirse esos textos de las cartas y doctrinas paulistas y de las doctrinas y cultos perfilados y surgidos con posterioridad inclusivo al propio Nuevo Testamento.

En este escenario, aparece el profeta Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam. 

Su misión sin duda no queda restringida a los árabes:

«Di: “¡Humanidad! Ciertamente, soy el Mensajero de Allah para todos vosotros” [...] Creed, pues, en Allah y en Su Mensajero, el Profeta iletrado, que cree en Allah y en Sus palabras, y seguidlo para que seáis guiados».
Corán 7:158

El versículo anterior ya había descrito a quienes:

«siguen al Mensajero, el Profeta iletrado, a quien encuentran escrito junto a ellos en la Torá y el Evangelio [...] Quienes creen en él, lo honran, lo auxilian y siguen la luz que fue descendida con él, ésos son los triunfadores».
Corán 7:157

Podríamos esperar que la secuencia terminara allí: Moisés, Jesús y, finalmente, Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam; las comunidades anteriores habrían cumplido su función y desaparecerían del horizonte religioso.

Pero la aleya inmediatamente siguiente dice:

«Y entre el pueblo de Moisés hay una comunidad que guía mediante la verdad y mediante ella establece justicia».
Corán 7:159

Y hay todavía algo más. El Corán describe a ciertos cristianos que, al reconocer la verdad de la revelación recibida por Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam, lloran por aquello que reconocen en ella:

«Encontrarás que los más cercanos en afecto a los creyentes son quienes dicen: “Somos cristianos” [...] Cuando escuchan lo que fue descendido al Mensajero, ves sus ojos desbordarse de lágrimas por la verdad que reconocen. Dicen: “Señor nuestro, creemos; inscríbenos entre los testigos” [...] Allah los recompensó por lo que dijeron con jardines bajo los cuales corren ríos».
Corán 5:82-85

Y finalmente, el propio Corán nos obliga a recordar que la diversidad humana no constituye simplemente un accidente que debamos eliminar:

«¡Humanidad! Os hemos creado de un varón y una mujer y os hemos hecho pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. Ciertamente, el más noble de vosotros ante Allah es quien posee mayor conciencia de Él».
Corán 49:13

¿Qué ocurre si, antes de introducir todas nuestras categorías posteriores, dejamos simplemente estas aleyas juntas sobre la mesa?

Aparece una imagen: una única fuente divina; la Torá [el Pentateuco] como «guía y luz»; el Evangelio como «guía y luz»; el Corán confirmando y ejerciendo autoridad; el Profeta Muhammad como Mensajero para toda la humanidad; la obligación real de reconocerlo y seguir la luz que trae; y, al mismo tiempo, comunidades diferenciadas, «una ley y un camino» para cada una, miembros rectos de la Gente de la Escritura y, sorprendentemente, una comunidad mosaica que todavía es descrita —inmediatamente después de 7:158— como guiando mediante la verdad y estableciendo justicia.

Y hoy sabemos cosas que vuelven todavía más interesante este escenario.

Los Rollos del Mar Muerto nos permiten comparar manuscritos bíblicos anteriores y contemporáneos aproximadamente a la época de Jesús con la Biblia hebrea transmitida posteriormente.

Hay variantes entre los manuscritos, ciertamente, pero el alcance de las variaciones es muy frecuentemente inocuo, de detalles, o no contradictorios (lo mismo que en el caso de las recitaciones coránicas canónicas ente sí).

Fuera de ello, numerosos manuscritos de Qumrán son extraordinariamente próximos al posterior texto masorético de la Biblia judaica, y los manuscritos de las cuevas de refugiados del siglo II muestran ya una fuerte estabilización hacia ese texto.

Por tanto, no estamos ante una Torá antigua cuyo contenido esencial nos sea desconocido y otra completamente diferente aparecida muchos siglos después.

Podemos conocer con considerable precisión el Pentateuco [la Torá] que circulaba alrededor de la época de Jesús y compararlo con la Torá conservada hoy por el judaísmo.

Algo semejante, con una historia textual distinta, ocurre con los Evangelios (entiéndase, la transmisión dada a Jesús, la paz sea sobre él, que no es igual que todo el Nuevo Testamento, sino solo una parte de éste): la tradición manuscrita conserva variantes y no poseemos los autógrafos, pero los Evangelios canónicos -en particular los sinópticos, Mateo, Marcos y Luca, no Juan, que son los más cercanos a las ideas originales de la comunidad jesuítica primera- están ampliamente atestiguados mucho antes del siglo VII.

No es históricamente plausible imaginar que el contenido esencial de Mateo, Marcos o Lucas conocido por los cristianos cuando apareció el Islam fuese una obra radicalmente diferente de los Evangelios que podemos reconstruir hoy.

El panorama así se hace más interesante.

¿Qué significa entonces que el Corán confirme la Torá y el Evangelio «que están con ellos»? ¿Qué significa que ordene a la gente del Evangelio juzgar mediante lo revelado en él, que reconozca distintas leyes y caminos, y al mismo tiempo proclame a Muhammad Mensajero de toda la humanidad y ordene seguirlo?

¿Es posible que hayamos identificado demasiado rápidamente universalidad profética con uniformidad jurídica, y seguimiento con abandono necesario del pacto anterior?

Es aquí donde comienza el entendimiento multipactista. Una Fuente para varios Pactos simultáneos.

Seguiremos profundizando en este aspecto en un escrito posterior, inshallah.


martes, 18 de agosto de 2026

La protección al menor: ir más allá de la Tradición en nombre de la Revelación

 

En el Nombre de Allah,
el Misericordioso, el Compasivo



La protección al menor: ir más allá de la Tradición en nombre de la Revelación


Introducción

El texto de Tahsin Alam que sigue aborda un asunto particularmente delicado: cómo una parte de la literatura jurídica y moral islámica premoderna, clásica, trató el riesgo de la atracción sexual de hombres adultos hacia muchachos imberbes, y qué ocurre cuando esas formulaciones se trasladan sin más al presente. Su argumento no es que los juristas clásicos aprobaran tales conductas —al contrario, varios de los textos citados las condenan expresamente—, sino que el centro de gravedad de su análisis estaba puesto con frecuencia en proteger al adulto de caer en pecado, más que en construir un sistema destinado a proteger al menor frente al adulto.

Una renovación jurídica seria (tajdīd fiqhī) no tiene por qué comenzar negando la tradición, sino preguntándose si los principios que ella misma transmite  —prohibición del daño, bloqueo de los medios que conducen al daño, tutela del vulnerable, responsabilidad de quien ejerce autoridad y consideración del interés efectivo— exigen hoy mecanismos que los juristas de otras épocas no sintieron necesario formular en nuestros términos institucionales. En materia de infancia, precisamente porque el daño puede ser irreversible, la prudencia jurídica debería inclinarse hacia salvaguardas especialmente fuertes.

Se introduce entre corchetes allí donde el texto necesita precisión lingüística, histórica, jurídica o conceptual. 

 

¿PROTÉGETE A TI MISMO O PROTEGE AL NIÑO?

Por: Tahsin Alam 

Advertencia de contenido: la siguiente publicación contiene material perturbador. Léase con cautela.

 En 2013 alguien publicó un hilo en un foro salafí.*

 Lo llamó un regalo.

 Un regalo para sus hermanos, decía.

 Había reunido dichos de los sabios y los compartía por amor.

 El tema de aquel «regalo» eran los muchachos imberbes.

 La palabra árabe es أَمْرَد (amrad).

Su plural es مُرْدَان (murdān).

Ibn Manūr lo define en Lisān al-ʿArab como un joven que ha llegado a la edad en que debería comenzar a aparecerle la barba, cuyo bigote ya ha comenzado a crecer, pero cuya barba todavía no ha salido.

En un castellano sencillo: un muchacho de unos doce a dieciséis años.

El hilo reúne advertencia tras advertencia acerca de sentarse con tales muchachos.

Se cita a al-Bayhaqī por el encabezado de un capítulo de su al-Sunan al-Kubrā. El encabezado trata de mirar con deseo al muchacho imberbe.

Se cita a Saʿīd ibn al-Musayyib diciendo que, si ves a un hombre mirando fijamente a un muchacho imberbe, debes desconfiar de él.

Se cita a Ibn Taymiyya diciendo que sentir placer sexual por un amrad, tocarlo o mirarlo de esa manera está prohibido por consenso de los musulmanes, del mismo modo que lo está respecto de una mujer ajena.

Ibn al-Jawzī escribe en Ṣayd al-Khāir que había visto a hombres de conocimiento que habían llegado a los ochenta años y todavía permanecían en esa condición.

Vuelve a leer esa última frase.

Ochenta años.

Quiero ser cuidadoso aquí.

Estos hombres no estaban defendiendo nada de esto.

Lo estaban prohibiendo.

Ibn Taymiyya lo dice claramente.

Eso importa, y no voy a fingir lo contrario.

Pero mira la forma del argumento.

En todos estos textos, el muchacho aparece como una fitna.

[Fitna (فِتْنَة): aquí significa ocasión de tentación o prueba moral; no debe entenderse como si el menor fuese moralmente culpable de provocar el deseo del adulto.]

 Es una tentación.

 Es un peligro para el alma del hombre adulto.

 Todo el peso moral recae sobre la seguridad espiritual del adulto:

 Baja la mirada.

 No te sientes con él.

 No permitas que se acerque a tu círculo.

 Protégete.

 Casi en ningún lugar alguien dice lo que debería resultar evidente:

 que un hombre adulto que desea sexualmente a un niño de trece años no está simplemente «enfrentándose a una tentación».

Ese hombre está roto.

Y el muchacho no es el peligro.

El muchacho es quien está en peligro.

Ésa es la laguna.

Y no es pequeña.


LA PARTE QUE LO EMPEORA


Cuando un tema produce vergüenza, ocurre además otra cosa.

El control de calidad empieza a deteriorarse.

Hay un dicho que circula constantemente sobre este asunto.

Dice que quien muera amando a los muchachos imberbes será castigado en su tumba con la mitad del castigo de toda la gente de la Tierra.

 Se lo cita como dicho del profeta Muhammad ().

 En ocasiones se lo atribuye a Ibn ʿAbbās.

 No tiene isnād.

 Ninguno.

 [Isnād (إِسْنَاد): cadena de transmisores mediante la cual se atribuye una narración a una autoridad anterior.]

Investigadores han buscado su cadena y no han encontrado absolutamente nada.

IslamWeb no pudo localizarlo.

Organismos de fatwā yemeníes y aramíes lo han calificado de inventado y carente de fundamento.

Un erudito observó que quienquiera que lo inventase probablemente pretendía asustar a la gente para apartarla de un pecado real y, al hacerlo, incurrió en el pecado de mentir acerca del Profeta.

De modo que la tradición identifica un peligro real y, después, algunas personas inventan adices alrededor de él porque los textos auténticos les parecen insuficientes.

Eso constituye una señal de alarma que ningún estudiante serio debería ignorar.


POR QUÉ ÉSTE ES UN ARGUMENTO A FAVOR DE LA REFORMA

 

Ésta es, en realidad, la cuestión que quiero plantear.

Nadie está pidiendo que se queme ningún libro.

Al-Bayhaqī permanece en la biblioteca.

Ibn al-Jawzī permanece en la biblioteca.

Lo que se pide es algo más pequeño y, a la vez, más difícil:

Que digamos abiertamente cuál era el marco desde el que aquellos textos hablaban y cuál no era.

Porque cuando copias y pegas esos pasajes en un foro moderno, sin contextualización histórica y sin comentario alguno, presentándolos como un «regalo», estás transmitiéndole simultáneamente dos mensajes a un joven musulmán.

Le estás diciendo que aquella atracción era un peligro común y esperable incluso entre hombres piadosos.

Y le estás diciendo que la respuesta correcta consiste en que el adulto deje de sentarse junto al muchacho.

De ahí nace la confusión.

Un lector joven encuentra este material y parece disponer de dos salidas.

- Decide que toda la tradición está corrompida y la abandona.

- O acepta sin reservas todo su marco conceptual y acaba creyendo realmente que la respuesta ante un adulto que desea a un niño consiste simplemente en cambiar dónde se sienta.

Ambas cosas producen daño.

La segunda es peor, porque entra en el sótano de una mezquita o en el dormitorio de una madrasa y no produce absolutamente ninguna protección efectiva.

 

LO QUE DIRÍA LA OTRA PARTE

 

La versión más sólida de la respuesta tradicionalista sería ésta:

Aquellos sabios se tomaban la moral muy en serio.

Identificaron un peligro acerca del cual muchas sociedades permanecían en silencio.

Cerraron la puerta antes de que se produjera el daño.

Ibn Taymiyya declaró aquello prohibido por consenso, no simplemente como una opinión personal.

Júzgalos dentro de su siglo, no del nuestro.

Eso es justo, y lo acepto.

Pero identificar una tentación no equivale a proteger a una posible víctima.

Una regla que sólo existe dentro de un círculo de estudio no sobrevive al contacto con automóviles, teléfonos, mensajes privados y acceso sin supervisión.

Bajar la mirada no es una política de protección de menores.

No es una comprobación de antecedentes.

No es una obligación de informar a las autoridades.

No es una regla de presencia de dos adultos.

[El argumento relevante aquí es que cuando adultos poseen autoridad, intimidad o acceso continuado a menores, hacen falta controles institucionales además de exhortaciones morales individuales.]

La posición radicalmente antirreformista sostiene que nuestras herramientas heredadas son suficientes y que no necesitan adición alguna.

Mira cuáles son esas herramientas.

Después mira lo que realmente ha sucedido en nuestras instituciones.

Y dime, con absoluta seriedad, que son suficientes.

La reforma aquí no consiste en liberalismo.

Consiste en terminar una frase que la tradición comenzó pero nunca terminó.

Los sabios clásicos dijeron:

Protégete.

Pero ahora nosotros debemos decir:

Protege al menor.