![]() |
| En el Nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo |
![]() |
| Doble herencia espiritual |
Los santos jesuanos o awliyá afiliados a Jesús, la paz sea con él
I. Jesucristo
en el sagrado Corán: el Mesías, la Palabra y el Espíritu de Allah
El sagrado Corán presenta a
Jesucristo —ʿĪsā al-Masīḥ (عِيسَى الْمَسِيحُ), la paz sea con él—
mediante títulos y atributos de singular grandeza espiritual.
Su nacimiento milagroso, su
proximidad a Allah (Dios), su condición de Palabra y Espíritu procedente de Él,
su misericordia y su capacidad de sanar y devolver la vida, con permiso divino,
constituyen elementos fundamentales para comprender su lugar en la tradición
espiritual islámica.
Dice Dios en el Sagrado Corán:
«El Mesías, Jesús, hijo de
María, no es sino el Mensajero de Allah, Su Palabra, que Él comunicó a María, y
un Espíritu de Él. Creed, pues, en Allah y en Sus mensajeros, y no digáis:
“Tres”». (Sagrado Corán, 4:171)
Las expresiones coránicas
son Kalimatuhu (كَلِمَتُهُ), «Su Palabra», y Rūḥun minhu (رُوحٌ مِنْهُ), «un Espíritu procedente
de Él».
Dice Dios también:
«Y [-Dios- lo hará]
mensajero para los Hijos de Israel: “He venido a vosotros con un signo de
vuestro Señor. Formo para vosotros, a partir del barro, algo con forma de ave;
soplo en ello y se convierte en un ave con permiso de Allah. Curo al ciego de
nacimiento y al leproso, y doy vida a los muertos con permiso de Allah. Os
informo de lo que coméis y de lo que almacenáis en vuestras casas. Ciertamente,
en ello hay un signo para vosotros, si sois creyentes”». (Sagrado Corán, 3:49)
La expresión reiterada bi-iḏni Llāh (بِإِذْنِ اللَّهِ), «con permiso de Allah»,
es esencial. La acción milagrosa se manifiesta mediante Jesús, pero su fuente
verdadera es Allah, de quien proceden toda vida, todo poder y toda curación.
Jesús, bendición para las
criaturas, humilde y consagrado a la oración
«Y me ha hecho bendito
dondequiera que esté, y me ha encomendado la oración y la limosna mientras
viva». (Sagrado Corán, 19:31)
«Y me ha hecho bondadoso
con mi madre, y no me ha hecho arrogante ni desdichado». (Sagrado Corán, 19:32)
Estos versículos vinculan
la condición espiritual de Jesús con la bendición, la humildad, la oración, el
servicio y la bondad.
II. La misericordia y la misión espiritual de Jesús en los evangelios
sinópticos
Los evangelios sinópticos
—Mateo, Marcos y Lucas— conservan enseñanzas y episodios que guardan una
profunda consonancia con esta imagen coránica de Jesús.
En el Evangelio de Lucas,
Jesús anuncia su misión mediante las palabras del profeta Isaías:
«El Espíritu del Señor está
sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha
enviado a proclamar libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los
ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar el año favorable del
Señor». (Lucas 4:18-19)
Cuando los discípulos de
Juan el Bautista preguntan por la misión de Jesús, este responde remitiéndose a
las obras que manifiestan la misericordia divina:
«Id y anunciad a Juan lo
que oís y veis: los ciegos recobran la vista y los cojos andan; los leprosos
quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les
anuncian buenas nuevas». (Mateo 11:4-5)
Marcos, por su parte,
describe así la disposición interior de Jesús ante las multitudes: «Al salir,
vio una gran multitud y sintió compasión por ellos, porque eran como ovejas sin
pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas». (Marcos 6:34)
Y en el Sermón de la
Montaña aparece esta bienaventuranza: «Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos recibirán misericordia». (Mateo 5:7)
Estas enseñanzas permiten
reconocer una constante: la espiritualidad de Jesús está inseparablemente
relacionada con el Espíritu, la misericordia, la sanación, la vivificación, el
conocimiento y la cercanía a Dios.
Precisamente estos
atributos aparecen nuevamente en la doctrina de los grandes maestros sufíes
acerca de los santos que reciben la herencia espiritual de Jesucristo.
III. Los herederos espirituales de los profetas
En el sufismo existe una
doctrina según la cual los awliyāʾ (أَوْلِيَاء), los amigos íntimos de Allah o santos del Islam,
pueden recibir una herencia espiritual particular de alguno de los profetas.
Esta herencia recibe el
nombre de wirātha nabawiyya (وِرَاثَة نَبَوِيَّة), «herencia profética».
No se trata de recibir una
nueva misión profética legislativa, sino de participar, por gracia de Allah, de
ciertos conocimientos, virtudes, estados espirituales y dones que
caracterizaron a un profeta determinado.
Así, se habla de santos que
son:
- Ibrāhīmī (إِبْرَاهِيمِيّ): heredero espiritual de Abraham.
- Mūsawī (مُوسَوِيّ): heredero espiritual de Moisés.
- ʿĪsawī (عِيسَوِيّ): heredero espiritual de Jesús.
- Nūḥī (نُوحِيّ): heredero espiritual
de Noé.
- Yūsufī (يُوسُفِيّ): heredero espiritual de José.
- Muḥammadī (مُحَمَّدِيّ): heredero de la realidad espiritual muhammadiana.
El gran santo y maestro
sufí Muḥyī al-Dīn Ibn ʿArabī (1165-1240), conocido
como al-Shaykh al-Akbar, enseña expresamente esta clasificación.
En el tratado denominado Manzil
al-Quṭb («La estación del Polo»), transmitido entre sus Rasāʾil o epístolas, declara:
«El más perfecto de los
polos espirituales es el muhammadiano. Cada uno de quienes están por debajo de
él ocupa un rango correspondiente a aquel de quien ha heredado. Entre ellos hay
ʿīsawíes, mūsawíes, ibrāhīmíes, yūsufíes y nūḥíes».
Y agrega que todos ellos se
encuentran en la Miškāt Muḥammadiyya, el «nicho luminoso
muhammadiano», que reúne estas modalidades de herencia.
La doctrina no afirma que
todos los santos sean iguales o que las características de los profetas se
confundan. Por el contrario, reconoce una diversidad de dones y funciones
espirituales dentro de la unidad de la revelación divina.
IV. Ibn ʿArabī y sus dos capítulos sobre los
santos afiliados a Jesús
La exposición más directa
de esta doctrina se encuentra en una de las grandes obras de Ibn ʿArabī: al-Futūḥāt al-Makkiyya (الْفُتُوحَاتُ الْمَكِّيَّة), conocida en español como «Las iluminaciones de
La Meca».
Esta obra monumental, que
consta de 560 capítulos, contiene dos capítulos consecutivos dedicados
específicamente a los santos ʿīsawíes:
Capítulo 36: Fī maʿrifat al-ʿĪsawiyyīn wa-aqṭābihim wa-uṣūlihim — «Sobre el conocimiento
de los ʿīsawíes, sus polos
espirituales y sus fundamentos».
Capítulo 37: Fī maʿrifat al-aqṭāb al-ʿĪsawiyyīn wa-asrārihim — «Sobre el conocimiento
de los polos espirituales ʿīsawíes y sus secretos».
Ambos se encuentran en el
volumen primero, páginas 222-228, de la edición árabe tradicional conocida como
al-Maymaniyya.
1. ¿Qué significa ser un santo ʿīsawí?
Ibn ʿArabī comienza el capítulo 36 con unos versos de singular profundidad:
«Todo aquel que vivifica su
propia realidad y se cura de la enfermedad de los velos, ese es Jesús: no hay
para nosotros duda al respecto».
La expresión no significa
que tal persona se convierta literalmente en Jesús, sino que manifiesta
espiritualmente una cualidad característica del Mesías: la capacidad de
vivificar y disipar los velos que ocultan la realidad.
En el mismo capítulo Ibn ʿArabī explica que un santo recibe la denominación de ʿīsawí, mūsawí o ibrāhīmí cuando se le abre una modalidad de conocimiento
y una estación espiritual relacionadas con el profeta correspondiente.
Escribe:
“Así pues, el
fundamento de los ʿīsawíes,
como hemos establecido, consiste en despojar al tawḥīd [la afirmación de la unicidad divina] de
las imágenes manifiestas que existen en la comunidad ʿīsawí
[cristiana] y de las representaciones que ellos tienen en las iglesias, puesto
que [estos ʿīsawíes]
siguen la ley religiosa de Muhammad (ﷺ).Sin embargo, la espiritualidad propia del
estado en que se encuentran —ʿīsawí entre los cristianos y mūsawí entre los
judíos— procede del nicho luminoso de Muhammad (ﷺ), de sus palabras: «Adora a Allah como si lo
vieras»; de que Allah está en la dirección hacia la cual se orienta quien
realiza la oración; de que el siervo, cuando ora, se vuelve hacia su Señor; y
de todo cuanto se ha transmitido acerca de Allah en términos de relaciones
semejantes a estas”.
Y prosigue diciendo Ibn ʿArabī:
«Entre los carismas [karāmāt] del ʿīsawí de esta comunidad no se encuentra caminar por el aire, pero sí caminar sobre el agua».
Ibn ʿArabī prosigue explicando que los santos muhammadianos pueden caminar por el aire mediante la bendición de su seguimiento del Profeta Muhammad (ﷺ), sin que eso los haga superiores a Jesús en certeza espiritual.
Añade además una distinción
interna entre los ʿīsawíes. Dice al respecto:
«Los primeros ʿīsawíes son los ḥawāriyyūn, seguidores de Jesús. Si alguno de ellos llegara a alcanzar la Ley de Muhammad (ﷺ), creyera en él y lo siguiera, y sucediera que hubiera recibido de esta Ley algo que anteriormente pertenecía a la Ley de Jesús (la paz sea con él), entonces heredaría de Jesús aquello que había heredado de él sin velo alguno. Después heredaría nuevamente de Jesús, dentro de la Ley de Muhammad (ﷺ), pero como herencia de un seguidor recibida de otro seguidor, no de alguien que es seguido.
Entre ambas hay una diferencia en el gusto espiritual (ḏawq). Por eso, el Mensajero de Allah (ﷺ) dijo acerca de una persona semejante que tendrá dos recompensas. De igual manera, tendrá dos herencias, dos aperturas espirituales (fatḥ) y dos gustos espirituales diferentes. Y en ambas herencias no será atribuido sino a aquel mismo profeta (Jesús, la paz sea con él).
Estos son, pues, los segundos ʿīsawíes». (al-Futūḥāt al-Makkiyya, volumen I, capítulo 36)
Esa persona ya había recibido una herencia espiritual de Jesús como discípulo suyo. Pero, al incorporarse a la Ley muhammadiana, puede recibir nuevamente una herencia de Jesús, ahora dentro del orden profético muhammadiano.
¿Por qué dice que la segunda herencia procede de «un seguidor» y no de «alguien que es seguido»?
Porque, dentro de la doctrina de Ibn ʿArabī, Jesús mismo se encuentra bajo la autoridad de la legislación muhammadiana una vez que esta ha aparecido. Por tanto, Jesús ya no representa, en ese segundo momento, una legislación independiente que deba seguirse por sí misma.
La persona recibe entonces dos herencias de un mismo profeta, pero bajo dos relaciones diferentes. La primera procede de Jesús como profeta al que seguía directamente. La segunda procede de Jesús como participante de una realidad profética comprendida ahora en la revelación muhammadiana.
De ahí que Ibn ʿArabī hable de dos herencias, dos aperturas y dos experiencias espirituales distintas.
La herencia no consiste
únicamente en recordar las enseñanzas de aquel profeta. Es una participación
espiritual en su maqām (estación) y en su ḏawq (experiencia interior).
2. La principal señal del santo ʿīsawí: misericordia
hacia todos, cualquiera que sea su religión
Esta es una enseñanza
particularmente hermosa.
En el capítulo 36, página
226, Ibn ʿArabī escribe:
«Entre las señales de los ʿīsawíes, si deseas reconocerlos, está encontrar a una persona que tenga
misericordia hacia el mundo y compasión por él, sea quien sea [la persona] y
cualquiera que sea su religión o la comunidad religiosa a la que pertenezca».
La expresión árabe central
es:
Raḥmatun bi-l-ʿālami wa-šafaqatun ʿalayhi, kāna man kāna wa-ʿalā ayyi dīnin kāna.
Es decir: «Misericordia
hacia el mundo y compasión por él, sea quien sea y cualquiera que sea su
religión».
Ibn ʿArabī prosigue explicando que estos santos procuran no pronunciar
palabras que estrechen o lastimen los corazones de las criaturas. Miran las
cosas buscando lo mejor que hay en ellas y prefieren que de sus lenguas salga
el bien.
La compasión del santo ʿīsawí no depende de que otra persona comparta sus creencias, su escuela
religiosa o su modo de vida.
Su misericordia brota de
una disposición interior hacia la creación de Allah.
Ibn ʿArabī distingue, además, entre no detenerse en los defectos de las
personas y no reconocer el mal como tal. Los santos no necesitan complacerse en
las faltas ajenas para saber que existen acciones que deben evitarse.
Por tanto, no se trata de
indiferencia moral ni de relativismo, sino de una disposición misericordiosa
que reconoce el bien y evita hacer daño.
3. Jesús y la educación de la lengua
Para ilustrar esta
cualidad, Ibn ʿArabī transmite una hermosa
enseñanza atribuida a Jesús.
Relata que Jesús vio un
cerdo y le dijo:
«¡Ve en paz!».
Cuando le preguntaron por
qué había dirigido unas palabras semejantes a un animal considerado impuro,
Jesús respondió:
«Estoy acostumbrando mi
lengua a decir el bien».
La enseñanza es sencilla,
pero profunda: el hombre de Allah no necesita expresar desprecio ni siquiera
cuando se encuentra ante algo que considera inferior o impuro.
Su lengua ha sido educada
en la bondad.
En el mismo pasaje, Ibn ʿArabī recuerda que el Profeta Muhammad (ﷺ), al pasar junto a un
animal muerto, llamó la atención de sus compañeros hacia la blancura de sus
dientes, en lugar de detenerse únicamente en el mal olor del cadáver.
También recuerda un
episodio en el cual una serpiente escapó antes de que los compañeros pudieran
matarla. El Mensajero de Allah (ﷺ) comentó que Allah había
protegido a la serpiente del daño de ellos y a ellos del daño de la serpiente.
De este modo, Ibn ʿArabī muestra cómo el estado espiritual de Jesús se manifiesta también
en el carácter misericordioso del Profeta Muhammad (ﷺ). La herencia ʿīsawí no está separada de
la perfección muhammadiana.
V. Los dones espirituales de los santos ʿīsawíes
El capítulo 37 de las Futūḥāt trata especialmente de las
capacidades espirituales de estos santos.
Como hemos visto, Ibn ʿArabī enseña que el polo ʿīsawí reúne dos herencias:
una herencia espiritual vinculada a Jesús y otra muhammadiana, recibida según
el gusto espiritual de Jesús.
Ahora bien, entre sus
cualidades encontramos la fuerza de la aspiración espiritual, la aceptación de
sus súplicas y una especial eficacia de la palabra.
1. La transmisión de estados espirituales mediante el abrazo, el
contacto o la vestimenta
Ibn ʿArabī explica que algunos santos ʿīsawíes pueden transmitir a
otra persona un estado espiritual, llamado ḥāl (حَال), mediante un contacto físico.
Describe diferentes
modalidades: tocar a alguien, abrazarlo, besarlo, entregarle una prenda o
indicarle que extienda su vestimenta para recibir simbólicamente un don
espiritual.
En una de estas últimas
modalidades, el santo hace movimientos como si recogiese algo del aire y lo
depositara en la prenda. Luego ordena a su destinatario que la cierre contra el
pecho.
El estado espiritual se
manifiesta entonces en la persona que lo recibe.
Ibn ʿArabī relata que conoció a un maestro que, al reconocer una
predisposición especial en alguien, se aproximaba a él y lo tocaba o presionaba
suavemente con el pecho contra su espalda. La persona experimentaba una
transformación interior y se volvía inmediatamente hacia su Señor.
Menciona también a Makkī
al-Wāsiṭī, discípulo de Azdashīr, enterrado en La Meca. Cuando
un estado espiritual descendía sobre Makkī al-Wāsiṭī, pedía a uno de los
presentes que lo abrazara. Mediante aquel abrazo, el estado que poseía se
comunicaba también a la otra persona.
Ibn ʿArabī relaciona esta facultad con diversos actos del Profeta Muhammad (ﷺ). Entre ellos recuerda la narración de Abū Hurayra, quien se quejaba de
olvidar lo que escuchaba.
El Profeta (ﷺ) le ordenó extender su manto, realizó el gesto de recoger algo y
depositarlo en él, y después le indicó que lo recogiera contra su pecho. Desde
entonces, Abū Hurayra dejó de olvidar lo que escuchaba del Mensajero de Allah (ﷺ).
Para Ibn ʿArabī, estos episodios manifiestan una misma sabiduría: Allah puede
hacer que una gracia espiritual se transmita mediante un acto corporal
aparentemente sencillo. El abrazo, el contacto y la vestimenta son medios. La
gracia procede de Allah.
2. El conocimiento de las plantas y sus propiedades curativas
Otra anécdota
extraordinaria aparece en la página 228.
Ibn ʿArabī relata la experiencia del santo Abū ʿAbd Allāh al-Ghazzāl, discípulo del maestro Abū
al-ʿAbbās ibn al-ʿArīf.
Un día, al salir de una
reunión con su maestro, al-Ghazzāl atravesó un lugar donde crecían numerosas
plantas.
De pronto, comenzó a
percibir que las plantas le hablaban y le comunicaban sus propiedades. Cada una
parecía presentarse ante él, explicándole sus beneficios y los males que podía
aliviar. El discípulo quedó desconcertado ante aquella manifestación del
conocimiento oculto de las criaturas.
Regresó inmediatamente a su
maestro y le contó lo ocurrido.
Pero Ibn al-ʿArīf no lo felicitó por haber recibido aquella apertura. Por el
contrario, le hizo comprender que estaba siendo puesto a prueba. Le preguntó,
en esencia, dónde había quedado su atención al verdadero Benefactor y al
verdadero Dispensador de todo cuanto existe, cuando las plantas comenzaron a
hablarle de sus propias virtudes.
El discípulo comprendió la
advertencia y se arrepintió de haberse dejado distraer por aquellas
manifestaciones extraordinarias. Su maestro le ordenó regresar al mismo lugar y
le explicó que, si su arrepentimiento era verdadero, aquellas voces ya no
volverían a distraerlo.
Así ocurrió. Cuando
regresó, ya no oyó a las plantas. Se postró en agradecimiento a Allah y volvió
a informar a su maestro. Ibn al-ʿArīf alabó a Allah por
haberlo elegido para Sí y no haberlo dejado cautivo de las criaturas.
3. El poder vivificador de los santos ʿīsawíes
En otra de sus grandes
obras, los Fuṣūṣ al-Ḥikam («Los engastes de las sabidurías»), Ibn ʿArabī dedica el capítulo 15 a Jesús, bajo el título:
Faṣṣ ḥikma nabawiyya fī kalima ʿīsawiyya — «Engaste de sabiduría profética en una palabra ʿīsawí».
Allí recuerda un episodio
atribuido al gran santo Abū Yazīd al-Bisṭāmī.
Abū Yazīd había matado
accidentalmente una hormiga. Entonces sopló sobre ella, y la hormiga recuperó
la vida. Ibn ʿArabī explica que Abū Yazīd
había experimentado, en aquel instante, una manifestación del estado espiritual
de Jesús.
Pero el Shaykh al-Akbar
desarrolla inmediatamente una enseñanza todavía más importante: existe también
una vivificación espiritual mediante el conocimiento.
El Corán declara:
«¿Acaso aquel que estaba
muerto y al que dimos vida, y para quien dispusimos una luz con la que camina
entre los hombres, es semejante a quien permanece en las tinieblas sin poder
salir de ellas?». (Sagrado Corán, 6:122)
A partir de este versículo,
Ibn ʿArabī enseña que quien
transmite a otra persona un conocimiento verdadero de Allah, devolviendo la
vida a un corazón espiritualmente muerto, participa de esta modalidad de
vivificación.
En consecuencia, el poder
vivificador de Jesús no se manifiesta solamente mediante prodigios
extraordinarios, sino también mediante la restauración de la vida interior.
Un santo ʿīsawí puede ser alguien cuya presencia, conocimiento o palabra devuelve
a las personas la esperanza, el amor a Allah y la capacidad de vivir
espiritualmente.
VI. Ibn ʿArabī comenzó su propio
itinerario espiritual bajo la herencia de Jesús
Ibn ʿArabī no se limita a describir a otros santos ʿīsawíes. También revela que él mismo recibió inicialmente esta herencia.
En el capítulo 36 de las Futūḥāt explica que su maestro, Abū
al-ʿAbbās al-ʿUraybī, había alcanzado la estación ʿīsawí al final de su itinerario espiritual, mientras que, para Ibn ʿArabī, aquella estación fue el comienzo.
Posteriormente recibió una
apertura espiritual relacionada con Moisés, otra vinculada al profeta Hūd y,
después, las correspondientes a los demás profetas, hasta llegar finalmente a
la estación muhammadiana.
Así, un mismo santo puede
recorrer diversas modalidades de herencia profética.
La investigadora Souad
Hakim, en su estudio The Spirit and the Son of the Spirit: A Reading of
Jesus According to Ibn ʿArabī, reúne además las
referencias del Shaykh al-Akbar a sus encuentros espirituales con Jesús.
Ibn ʿArabī cuenta que Jesús fue uno de sus primeros maestros espirituales, y
que lo instruyó en dos disciplinas fundamentales: el ascetismo y el
desprendimiento. También relata que Jesús lo llamaba afectuosamente «amado».
Estas experiencias permiten
comprender que la relación entre un profeta y sus herederos espirituales no es
solamente doctrinal o simbólica. Puede existir una auténtica relación de
enseñanza y comunicación espiritual, dentro de los modos de conocimiento que
los sufíes reconocen mediante el kašf, la apertura o desvelamiento
interior.
VII. El discípulo de Jesús que permaneció vivo hasta la época islámica
Uno de los relatos más
singulares que Ibn ʿArabī conserva en el
capítulo 36 se refiere a un hombre llamado Zurayb ibn Barthamlā,
presentado como discípulo y sucesor espiritual de Jesús.
Según la narración, durante
el califato de ʿUmar ibn al-Khaṭṭāb, una expedición dirigida
por Naḍla ibn Muʿāwiya llegó a una región
montañosa de Irak.
Cuando llegó la hora de la
oración, Naḍla pronunció el llamado ritual, el aḏān. Desde la montaña comenzó
a responderle una voz misteriosa.
Cuando Naḍla proclamó la unicidad de
Allah, la voz reconoció la declaración del monoteísmo. Y cuando proclamó que
Muhammad (ﷺ) era el Mensajero de
Allah, la voz respondió que aquella era la religión cuya llegada Jesús, hijo de
María, había anunciado.
Los hombres preguntaron
quién les hablaba. Entonces apareció un anciano de cabello y barba blancos,
vestido con prendas de lana. Se presentó como Zurayb ibn Barthamlā, sucesor
espiritual de Jesús, quien lo había dejado en aquella montaña y había suplicado
a Allah que prolongara su vida hasta el retorno del Mesías.
Zurayb preguntó por el
Profeta Muhammad (ﷺ).
Cuando los hombres le
dijeron que había fallecido, lloró profundamente. Preguntó también por Abū Bakr
y, al conocer que había muerto, pidió que transmitieran sus saludos al califa ʿUmar. Después de transmitir diversas enseñanzas y advertencias,
desapareció de su vista.
La noticia llegó a ʿUmar, quien dispuso que se regresara al lugar. Según la narración, los
hombres permanecieron allí durante cuarenta días, pronunciando el llamado a la
oración, pero no volvieron a encontrarlo.
Ibn ʿArabī recoge este relato para desarrollar una enseñanza sobre la
continuidad de la herencia espiritual de Jesús y su relación con la misión del
Profeta Muhammad (ﷺ).
Zurayb habría conservado su
condición ʿīsawí desde el tiempo de
Jesús, y posteriormente habría participado de la realidad muhammadiana sin
perder aquella vinculación espiritual original.
Es una imagen
particularmente significativa de la continuidad de las herencias proféticas a
través de las épocas.
VIII. Jesús como Sello de la Santidad Universal
La doctrina de Ibn ʿArabī concede a Jesús una función todavía mayor.
El Shaykh al-Akbar enseña
que Jesús será el Sello de la Santidad Universal, Khātam al-Walāya
al-ʿĀmma.
Esta enseñanza es recogida
y desarrollada por el gran maestro sufí egipcio ʿAbd al-Wahhāb al-Shaʿrānī (1492-1565), en su obra al-Yawāqīt wa-l-Jawāhir.
Al-Shaʿrānī distingue entre el sello de la santidad universal, que corresponde
a Jesús, y el sello particular de la santidad muhammadiana.
Esta distinción pertenece a
la organización espiritual de las diferentes modalidades de walāya, sin
negar que Muhammad (ﷺ) es el Sello de los
Profetas y el más perfecto de los mensajeros de Allah.
Para Ibn ʿArabī, cuando Jesús regrese al final de los tiempos, manifestará también
una función vinculada a la santidad dentro de la comunidad muhammadiana. Su
misión expresa así una relación singular entre el ciclo profético anterior y la
culminación escatológica de la comunidad del Profeta Muhammad (ﷺ).
IX. El Imām Rabbānī al-Sirhindī: la afinidad espiritual entre ʿAlī y Jesús
La doctrina de las
correspondencias proféticas no pertenece únicamente a la escuela de Ibn ʿArabī. El gran maestro naqšbandí Aḥmad al-Sirhindī (1564-1624), conocido como
el Imām Rabbānī y el Renovador del Segundo Milenio islámico, también la
desarrolla.
En la carta 251 de sus
célebres Maktūbāt, dirigida a Mawlānā Ashraf, expone las afinidades
espirituales de los cuatro primeros califas con determinados profetas. Explica
que Abū Bakr y ʿUmar poseen
correspondencias con Abraham y Moisés, mientras que ʿUthmān tiene una correspondencia particular con Noé.
Pero lo que más interesa
aquí es lo que afirma acerca de ʿAlī ibn Abī Ṭālib, que Allah esté
complacido con él:
«En nuestro señor ʿAlī existe, en ambos aspectos, una correspondencia con nuestro señor
Jesús».
Al-Sirhindī explica esta
correspondencia señalando que, puesto que Jesús es el Espíritu de Allah y Su
Palabra, la dimensión de su santidad posee una manifestación especialmente
predominante.
Y añade que algo semejante
sucede con ʿAlī. Por ello considera que
ʿAlī es un portador particularmente destacado de la herencia de la
santidad muhammadiana.
Esta enseñanza establece
una relación espiritual profunda entre Jesucristo y el Imām ʿAlī, sin confundir sus respectivas funciones proféticas e históricas. También
muestra que la herencia ʿīsawí puede manifestarse en
figuras cuya vida no está limitada al retiro ascético, sino que comprende
funciones de conocimiento, gobierno, enseñanza y conducción espiritual.
X. ʿAbd al-Ghanī al-Nābulusī: la
permanencia de la herencia espiritual de Jesús
El gran santo y maestro
sirio ʿAbd al-Ghanī al-Nābulusī (1641-1731) también
escribió sobre la herencia ʿīsawí.
En su Dīwān al-Ḥaqāʾiq wa-Majmūʿ al-Raqāʾiq encontramos una composición dedicada a la realidad
espiritual de Jesús y a la continuidad de su herencia entre los santos
musulmanes.
En ella afirma:
«Esta realidad es
verdadera, y los compañeros de Yā-Sīn han heredado la estación de Jesús».
La expresión «compañeros de
Yā-Sīn» designa aquí a los miembros de la comunidad del Profeta Muhammad (ﷺ).
Al-Nābulusī enseña que las
realidades espirituales manifestadas mediante Jesús siguen siendo accesibles
mediante la herencia de la santidad. Los nombres y las formas históricas pueden
cambiar, pero la realidad espiritual transmitida por los profetas permanece
viva por gracia de Allah.
XI. La unidad espiritual de las revelaciones y la diversidad de sus
herencias
La doctrina de la herencia
profética presenta una visión particularmente rica de la historia espiritual de
la humanidad.
Los profetas no son
realidades aisladas, ni sus enseñanzas espirituales desaparecen necesariamente
con el final de sus misiones históricas.
Moisés, Abraham, Noé, José,
Jesús y Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con todos ellos—
representan diferentes manifestaciones de la sabiduría, la misericordia y la
guía divinas.
Sus herederos espirituales
prolongan determinadas cualidades de esas manifestaciones dentro de la vida de
los creyentes.
Esta doctrina permite
reconocer una pluralidad real de caminos interiores, temperamentos
espirituales, conocimientos y dones, sin negar la unicidad de Allah ni la
unidad esencial de la revelación divina.
Ello no elimina las
diferencias doctrinales y jurídicas que el propio Ibn ʿArabī reconoce, pero muestra que su visión de las relaciones entre las
revelaciones es mucho más rica que una simple sucesión de religiones históricas
desconectadas.
Desde la perspectiva del universalismo
islámico, el Sagrado Corán enseña:
«A cada uno de vosotros le
hemos establecido una ley y un camino. Si Allah hubiera querido, os habría
hecho una sola comunidad; pero [ha dispuesto las cosas así] para poneros a
prueba respecto de lo que os ha concedido. Competid, pues, en las buenas obras.
A Allah regresaréis todos, y Él os informará acerca de aquello en que
discrepabais». (Sagrado Corán, 5:48)
La diversidad de las
herencias espirituales encuentra aquí un horizonte de comprensión: la unidad de
su origen divino no exige que todas sus manifestaciones sean idénticas.
XII. El verdadero signo del santo ʿīsawí
Entre los muchos
conocimientos transmitidos por Ibn ʿArabī acerca de los santos
afiliados a Jesús, hay uno que merece una atención especial.
El santo ʿīsawí puede recibir dones extraordinarios, transmitir estados
espirituales, conocer propiedades ocultas de las criaturas e incluso
participar, por permiso divino, de manifestaciones del poder vivificador.
Pero cuando Ibn ʿArabī enseña cómo reconocerlo, no comienza describiendo estos prodigios.
Comienza hablando de la misericordia. Misericordia hacia las criaturas, sean
quienes sean y cualquiera que sea su religión.
Su amor por Allah se
manifiesta en su compasión hacia las criaturas.
Así se comprende la
profunda relación entre la condición de Jesús como Rūḥ Allāh, su capacidad de vivificar
con permiso divino y el carácter de los santos que heredan su estación.
La verdadera herencia ʿīsawí consiste en participar, según la medida concedida por Allah, de
aquella vida espiritual que Jesús vino a comunicar.
Que Allah nos conceda
participar de las virtudes de Sus profetas y de Sus amigos íntimos, nos
purifique de la dureza del corazón y haga de nosotros instrumentos de Su
misericordia.
Wa-Llāhu aʿlam.
Y Allah es Quien más sabe.
Presentado por Nuruddin Cueva

