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| Corán, Torá y Evangelio: Multipactismo |
Un solo Dios, Tres Revelaciones
Corán, Torah y Evangelio.
¿Cómo entender desde el Sagrado Corán a las Revelaciones anteriores? ¿Subsisten
tres caminos? ¿La Torah y el Evangelio perdieron su valor de salvación y de
guía? ¿Fueron invalidados o derogados, como se dice, por el Corán?
Regresemos al origen. Empecemos
así con un ejercicio sencillo pero fundamental: leer juntas algunas aleyas
del Sagrado Corán que normalmente escuchamos por separado. Dejemos primero
que hablen unas al lado de otras.
La misma promesa aparece
nuevamente, mucho más adelante:
Y cuando judíos y
cristianos disputan acerca de quién posee la salvación, el Corán recoge sus
pretensiones:
Pero la respuesta de Allah
resulta especialmente digna de atención. No responde estableciendo
simplemente un tercer monopolio comunitario:
El Corán tampoco habla de
toda la Gente de la Escritura como si constituyera una sola realidad
espiritual:
Y encontramos todavía una
afirmación más explícita:
Reparemos en algo. El Corán
habla de “gente de la escritura”, no de musulmanes. De hecho, esta aleya
(3:199) adquiere particular relieve cuando reflexionamos en que fue descendida
a propósito del Negus, el rey cristiano abisinio que cobijó al primer grupo de
emigrantes musulmanes, dándoles seguridad y permitiéndoles practicar el Islam.
El Negus escuchó la
recitación de la sura Maryan del Corán y reconoció que estaba ante un Libro de
Dios. Pero aunque fue un protector para los musulmanes que emigraron a su
reino, y reconoció al Corán y al Mensajero como auténtico Mensajero de Dios, el
Negus siguió practicando el cristianismo hasta su fallecimiento. Cuando falleció,
el Profeta Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam, realizó a
distancia la oración fúnebre por él.
Prosigamos. Cuando el Corán
habla de la Torá, no la describe simplemente como un libro que alguna vez fue
revelado y luego desapareció:
Y al hablar de Jesús, la
paz sea con él, dice:
Más sorprendente todavía es
lo que sigue:
Después llega el Corán,
confirmando las Escrituras anteriores y ejerciendo autoridad. Pero la
conclusión que sigue merece ser leída muy despacio:
Nada de esto significa que
el Corán considere correctas todas las doctrinas existentes. El Corán critica
expresamente determinadas concepciones cristianas acerca de Jesús y de la
Trinidad (5:72-73), del mismo modo que critica errores, transgresiones y
deformaciones entre judíos, cristianos y musulmanes.
Pluralidad de pactos no significa relativismo doctrinal. Precisamente por eso resulta tan importante no borrar ninguno de los dos registros del Libro: ni sus correcciones ni sus reconocimientos. Los judíos deben reconocer el honor y dignidad de María y de Jesús, la paz sea con ellos, así como los cristianos deben corregir los excesos en su culto y doctrinas. El Sagrado Corán los llama repetidamente a rectificaciones.
Pero frente a todas las aleyas anteriores, no existe ninguna que establezca que la Torá y el Evangelio, en su integridad, quedan desautorizados o revocados o dejados sin efecto, o que no se los pueda siquiera conocer en realidad. Todo lo contrario.
De hecho, las correcciones a las que son llamados los judíos no afectan el texto ni el contenido de la Torá, pues ninguno de esos errores se encuentran allí, sino en ciertos escritos y desarrollos posteriores en variantes del judaísmo rabínico.
Y los excesos de culto y doctrina del cristianismo que el Corán declara, no afectan tampoco a los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas), que son reconocidos como los más originales. Deben distinguirse esos textos de las cartas y doctrinas paulistas y de las doctrinas y cultos perfilados y surgidos con posterioridad inclusivo al propio Nuevo Testamento.
En este escenario, aparece el profeta Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam.
Su misión sin duda no queda restringida a los árabes:
El versículo anterior ya
había descrito a quienes:
Podríamos esperar que la
secuencia terminara allí: Moisés, Jesús y, finalmente, Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam; las comunidades anteriores habrían cumplido su función
y desaparecerían del horizonte religioso.
Pero la aleya
inmediatamente siguiente dice:
Y hay todavía algo más. El
Corán describe a ciertos cristianos que, al reconocer la verdad de la
revelación recibida por Muhammad, ṣallallāhu ʿalayhi wa-sallam, lloran
por aquello que reconocen en ella:
Y finalmente, el propio
Corán nos obliga a recordar que la diversidad humana no constituye simplemente
un accidente que debamos eliminar:
¿Qué ocurre si, antes de
introducir todas nuestras categorías posteriores, dejamos simplemente estas
aleyas juntas sobre la mesa?
Aparece una imagen: una
única fuente divina; la Torá [el Pentateuco] como «guía y luz»; el Evangelio
como «guía y luz»; el Corán confirmando y ejerciendo autoridad; el Profeta Muhammad
ﷺ como Mensajero para toda la humanidad; la obligación real de
reconocerlo y seguir la luz que trae; y, al mismo tiempo, comunidades
diferenciadas, «una ley y un camino» para cada una, miembros rectos de la Gente
de la Escritura y, sorprendentemente, una comunidad mosaica que todavía es
descrita —inmediatamente después de 7:158— como guiando mediante la verdad y
estableciendo justicia.
Y hoy sabemos cosas que
vuelven todavía más interesante este escenario.
Los Rollos del Mar Muerto
nos permiten comparar manuscritos bíblicos anteriores y contemporáneos
aproximadamente a la época de Jesús con la Biblia hebrea transmitida
posteriormente.
Hay variantes entre los
manuscritos, ciertamente, pero el alcance de las variaciones es muy
frecuentemente inocuo, de detalles, o no contradictorios (lo mismo que en el
caso de las recitaciones coránicas canónicas ente sí).
Fuera de ello, numerosos
manuscritos de Qumrán son extraordinariamente próximos al posterior texto
masorético de la Biblia judaica, y los manuscritos de las cuevas de refugiados
del siglo II muestran ya una fuerte estabilización hacia ese texto.
Por tanto, no estamos
ante una Torá antigua cuyo contenido esencial nos sea desconocido y otra
completamente diferente aparecida muchos siglos después.
Podemos conocer con
considerable precisión el Pentateuco [la Torá] que circulaba alrededor de la
época de Jesús y compararlo con la Torá conservada hoy por el judaísmo.
Algo semejante, con una
historia textual distinta, ocurre con los Evangelios (entiéndase, la
transmisión dada a Jesús, la paz sea sobre él, que no es igual que todo el
Nuevo Testamento, sino solo una parte de éste): la tradición manuscrita
conserva variantes y no poseemos los autógrafos, pero los Evangelios canónicos -en
particular los sinópticos, Mateo, Marcos y Luca, no Juan, que son los más
cercanos a las ideas originales de la comunidad jesuítica primera- están
ampliamente atestiguados mucho antes del siglo VII.
No es históricamente
plausible imaginar que el contenido esencial de Mateo, Marcos o Lucas conocido
por los cristianos cuando apareció el Islam fuese una obra radicalmente
diferente de los Evangelios que podemos reconstruir hoy.
El panorama así se hace más
interesante.
¿Qué significa entonces que
el Corán confirme la Torá y el Evangelio «que están con ellos»? ¿Qué significa
que ordene a la gente del Evangelio juzgar mediante lo revelado en él, que
reconozca distintas leyes y caminos, y al mismo tiempo proclame a
Muhammad ﷺ Mensajero de toda la
humanidad y ordene seguirlo?
¿Es posible que hayamos
identificado demasiado rápidamente universalidad profética con uniformidad
jurídica, y seguimiento con abandono necesario del pacto anterior?
Es aquí donde comienza el
entendimiento multipactista. Una Fuente para varios Pactos simultáneos.
Seguiremos
profundizando en este aspecto en un escrito posterior, inshallah.


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