Salatul fatih

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Oh Allah bendice a nuestro Maestro Muḥammad, el que abre lo que está cerrado y sella lo que le ha precedido, aquel que hace triunfar a la Verdad por la Verdad, el guía hacia el camino recto, y a su familia, conforme a lo que merece su categoría y su inmenso alcance

martes, 18 de agosto de 2026

La protección al menor: ir más allá de la Tradición en nombre de la Revelación

 

En el Nombre de Allah,
el Misericordioso, el Compasivo



La protección al menor: ir más allá de la Tradición en nombre de la Revelación


Introducción

El texto de Tahsin Alam que sigue aborda un asunto particularmente delicado: cómo una parte de la literatura jurídica y moral islámica premoderna, clásica, trató el riesgo de la atracción sexual de hombres adultos hacia muchachos imberbes, y qué ocurre cuando esas formulaciones se trasladan sin más al presente. Su argumento no es que los juristas clásicos aprobaran tales conductas —al contrario, varios de los textos citados las condenan expresamente—, sino que el centro de gravedad de su análisis estaba puesto con frecuencia en proteger al adulto de caer en pecado, más que en construir un sistema destinado a proteger al menor frente al adulto.

Una renovación jurídica seria (tajdīd fiqhī) no tiene por qué comenzar negando la tradición, sino preguntándose si los principios que ella misma transmite  —prohibición del daño, bloqueo de los medios que conducen al daño, tutela del vulnerable, responsabilidad de quien ejerce autoridad y consideración del interés efectivo— exigen hoy mecanismos que los juristas de otras épocas no sintieron necesario formular en nuestros términos institucionales. En materia de infancia, precisamente porque el daño puede ser irreversible, la prudencia jurídica debería inclinarse hacia salvaguardas especialmente fuertes.

Se introduce entre corchetes allí donde el texto necesita precisión lingüística, histórica, jurídica o conceptual. 

 

¿PROTÉGETE A TI MISMO O PROTEGE AL NIÑO?

Por: Tahsin Alam 

Advertencia de contenido: la siguiente publicación contiene material perturbador. Léase con cautela.

 En 2013 alguien publicó un hilo en un foro salafí.*

 Lo llamó un regalo.

 Un regalo para sus hermanos, decía.

 Había reunido dichos de los sabios y los compartía por amor.

 El tema de aquel «regalo» eran los muchachos imberbes.

 La palabra árabe es أَمْرَد (amrad).

Su plural es مُرْدَان (murdān).

Ibn Manūr lo define en Lisān al-ʿArab como un joven que ha llegado a la edad en que debería comenzar a aparecerle la barba, cuyo bigote ya ha comenzado a crecer, pero cuya barba todavía no ha salido.

En un castellano sencillo: un muchacho de unos doce a dieciséis años.

El hilo reúne advertencia tras advertencia acerca de sentarse con tales muchachos.

Se cita a al-Bayhaqī por el encabezado de un capítulo de su al-Sunan al-Kubrā. El encabezado trata de mirar con deseo al muchacho imberbe.

Se cita a Saʿīd ibn al-Musayyib diciendo que, si ves a un hombre mirando fijamente a un muchacho imberbe, debes desconfiar de él.

Se cita a Ibn Taymiyya diciendo que sentir placer sexual por un amrad, tocarlo o mirarlo de esa manera está prohibido por consenso de los musulmanes, del mismo modo que lo está respecto de una mujer ajena.

Ibn al-Jawzī escribe en Ṣayd al-Khāir que había visto a hombres de conocimiento que habían llegado a los ochenta años y todavía permanecían en esa condición.

Vuelve a leer esa última frase.

Ochenta años.

Quiero ser cuidadoso aquí.

Estos hombres no estaban defendiendo nada de esto.

Lo estaban prohibiendo.

Ibn Taymiyya lo dice claramente.

Eso importa, y no voy a fingir lo contrario.

Pero mira la forma del argumento.

En todos estos textos, el muchacho aparece como una fitna.

[Fitna (فِتْنَة): aquí significa ocasión de tentación o prueba moral; no debe entenderse como si el menor fuese moralmente culpable de provocar el deseo del adulto.]

 Es una tentación.

 Es un peligro para el alma del hombre adulto.

 Todo el peso moral recae sobre la seguridad espiritual del adulto:

 Baja la mirada.

 No te sientes con él.

 No permitas que se acerque a tu círculo.

 Protégete.

 Casi en ningún lugar alguien dice lo que debería resultar evidente:

 que un hombre adulto que desea sexualmente a un niño de trece años no está simplemente «enfrentándose a una tentación».

Ese hombre está roto.

Y el muchacho no es el peligro.

El muchacho es quien está en peligro.

Ésa es la laguna.

Y no es pequeña.


LA PARTE QUE LO EMPEORA


Cuando un tema produce vergüenza, ocurre además otra cosa.

El control de calidad empieza a deteriorarse.

Hay un dicho que circula constantemente sobre este asunto.

Dice que quien muera amando a los muchachos imberbes será castigado en su tumba con la mitad del castigo de toda la gente de la Tierra.

 Se lo cita como dicho del profeta Muhammad ().

 En ocasiones se lo atribuye a Ibn ʿAbbās.

 No tiene isnād.

 Ninguno.

 [Isnād (إِسْنَاد): cadena de transmisores mediante la cual se atribuye una narración a una autoridad anterior.]

Investigadores han buscado su cadena y no han encontrado absolutamente nada.

IslamWeb no pudo localizarlo.

Organismos de fatwā yemeníes y aramíes lo han calificado de inventado y carente de fundamento.

Un erudito observó que quienquiera que lo inventase probablemente pretendía asustar a la gente para apartarla de un pecado real y, al hacerlo, incurrió en el pecado de mentir acerca del Profeta.

De modo que la tradición identifica un peligro real y, después, algunas personas inventan adices alrededor de él porque los textos auténticos les parecen insuficientes.

Eso constituye una señal de alarma que ningún estudiante serio debería ignorar.


POR QUÉ ÉSTE ES UN ARGUMENTO A FAVOR DE LA REFORMA

 

Ésta es, en realidad, la cuestión que quiero plantear.

Nadie está pidiendo que se queme ningún libro.

Al-Bayhaqī permanece en la biblioteca.

Ibn al-Jawzī permanece en la biblioteca.

Lo que se pide es algo más pequeño y, a la vez, más difícil:

Que digamos abiertamente cuál era el marco desde el que aquellos textos hablaban y cuál no era.

Porque cuando copias y pegas esos pasajes en un foro moderno, sin contextualización histórica y sin comentario alguno, presentándolos como un «regalo», estás transmitiéndole simultáneamente dos mensajes a un joven musulmán.

Le estás diciendo que aquella atracción era un peligro común y esperable incluso entre hombres piadosos.

Y le estás diciendo que la respuesta correcta consiste en que el adulto deje de sentarse junto al muchacho.

De ahí nace la confusión.

Un lector joven encuentra este material y parece disponer de dos salidas.

- Decide que toda la tradición está corrompida y la abandona.

- O acepta sin reservas todo su marco conceptual y acaba creyendo realmente que la respuesta ante un adulto que desea a un niño consiste simplemente en cambiar dónde se sienta.

Ambas cosas producen daño.

La segunda es peor, porque entra en el sótano de una mezquita o en el dormitorio de una madrasa y no produce absolutamente ninguna protección efectiva.

 

LO QUE DIRÍA LA OTRA PARTE

 

La versión más sólida de la respuesta tradicionalista sería ésta:

Aquellos sabios se tomaban la moral muy en serio.

Identificaron un peligro acerca del cual muchas sociedades permanecían en silencio.

Cerraron la puerta antes de que se produjera el daño.

Ibn Taymiyya declaró aquello prohibido por consenso, no simplemente como una opinión personal.

Júzgalos dentro de su siglo, no del nuestro.

Eso es justo, y lo acepto.

Pero identificar una tentación no equivale a proteger a una posible víctima.

Una regla que sólo existe dentro de un círculo de estudio no sobrevive al contacto con automóviles, teléfonos, mensajes privados y acceso sin supervisión.

Bajar la mirada no es una política de protección de menores.

No es una comprobación de antecedentes.

No es una obligación de informar a las autoridades.

No es una regla de presencia de dos adultos.

[El argumento relevante aquí es que cuando adultos poseen autoridad, intimidad o acceso continuado a menores, hacen falta controles institucionales además de exhortaciones morales individuales.]

La posición radicalmente antirreformista sostiene que nuestras herramientas heredadas son suficientes y que no necesitan adición alguna.

Mira cuáles son esas herramientas.

Después mira lo que realmente ha sucedido en nuestras instituciones.

Y dime, con absoluta seriedad, que son suficientes.

La reforma aquí no consiste en liberalismo.

Consiste en terminar una frase que la tradición comenzó pero nunca terminó.

Los sabios clásicos dijeron:

Protégete.

Pero ahora nosotros debemos decir:

Protege al menor.

 




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