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| En el Nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo |
LOS PROBLEMAS SERIOS DEL MUNDO DEL SUFISMO: QUÉ LE HA IDO MAL
Comparto
estas palabras de aguda crítica interna, y a la vez de sensatez cruda
pero necesaria, después de más de 25 años de haber
estado vinculado a ṭarīqas sufíes, tras observar a lo largo de los años
mucho del entorno “sufi” de nuestro tiempo.
Las
comparto desde dentro del sufismo, no desde
fuera de él; desde el amor por sus enseñanzas, por el dhikr, por los
awliyā' de Allah y por todo lo extraordinario que he recibido durante esos
años.
Precisamente
por eso, y porque la experiencia también permite mirar ciertas cosas con mayor
distancia, creo que vale la pena hablar con franqueza sobre la bay'ah, los
shuyūkh, las ṭarīqas y algunas dinámicas humanas que pueden generarse
alrededor de ellos.
Mi
reflexión no conduce a recomendar dar o no dar bay'ah como regla general. Hay personas para quienes encontrar un shaykh y una buena ṭarīqa constituye una de las
mayores bendiciones de su vida, siempre y cuando la persona tenga las
condiciones necesarias (entre ellas, el conocimiento y disposición personal
necesario). Si no tiene esas condiciones,
habrá muchos casos en que una determinada bay'ah
puede resultar inconveniente o prematura.
Y a veces de plano puede resultar muy dañina.
La
cuestión no admite una fórmula universal. Lo importante es llegar a ella con
conocimiento, discernimiento y libertad interior.
I NECESIDAD DE UN MAESTRO
Una frase
muy repetida en ambientes sufíes dice que «quien no tiene un shaykh tiene al
Shayṭān por shaykh».
Esa
frase, en la dinámica de muchos miembros de tariqa, es una burda exageración y
un arma inclusive de propaganda y de acusación contra el que no acepta tener a
un maestro.
De modo muy restringido, tiene sabiduría en un contexto mucho más limitado: cuando alguien
entra verdaderamente en estados avanzados de sulūk, atraviesa
experiencias interiores profundas y comienza a internarse en ámbitos cada vez
más sutiles del ghayb, aumenta la necesidad de alguien experimentado que
le ayude a distinguir entre apertura espiritual, imaginación, nafs y
engaño.
En ese
contexto restringido, un verdadero shaykh puede tener una función
extraordinariamente valiosa.
Pero no
se interpone entre Allah y el discípulo. No sustituye al Corán ni a la Sunna.
No posee soberanía sobre la conciencia. Mucho menos es infalible.
Es
alguien que conoce mejor determinadas regiones del camino por haberlas
recorrido antes y que puede decir al caminante: esto que estás experimentando
es normal; esto es peligroso; esto probablemente procede de tu ego; esto no
merece importancia; aquello sí merece atención; aquí necesitas avanzar; aquí
necesitas detenerte.
Pero ese
grado de sulūk, de condición de viaje espiritual, corresponde probablemente a una proporción
extraordinariamente reducida incluso de quienes han dado bay'ah. De
miles de murids, apenas un puñado.
No
es el caso común. Así que sí, para el común de los casos, esa frase es inaplicable,
una exageración burda y un arma de finalidad no santa.
II ELECCIÓN DE UN MAESTRO
Antes
de buscar entregar tu obediencia a un
maestro hay que buscar conocimiento.
Antes de
dar bay'ah existe una paradoja que debe tomarse muy seriamente: para escoger
correctamente a alguien como guía necesitas ya poseer suficiente conocimiento
para poder juzgar a la persona a quien estás considerando entregar semejante
confianza. Debes conocer razonablemente qué es halal y haram, qué exige la
Sharīʿa, cuáles son las obligaciones esenciales, cuáles son los
grandes principios éticos del Islam y qué conductas serían incompatibles con
alguien que pretende conducir a otras personas hacia Allah. Nunca debe
desaparecer ese escrutinio después de la bay'ah. Dar bay'ah no significa
entregar la inteligencia.
Un
musulmán debería conocer suficientemente su dīn como para saber qué es halal y
haram, cuáles son sus obligaciones, cuáles son los principios generales de la
ética islámica y qué límites nadie puede pedirle atravesar. Paradójicamente,
necesitas cierto grado de formación antes de elegir a quien eventualmente
tendrá alguna función en tu formación.
Ese
escrutinio no termina con la bay'ah. Dar bay'ah no significa apagar la
inteligencia. No significa transferir la conciencia moral a otra persona. No
significa que desde ese momento todo cuanto ocurra dentro de la ṭarīqa deba recibir una
interpretación favorable. El discernimiento que necesitabas para entrar sigue
siendo necesario mientras permaneces dentro.
Tampoco
basta con que alguien sea realmente un walī de Allah. En primer lugar, reconocer
la wilāya de alguien es ya una cuestión de discernimiento humano y, por tanto,
falible.
Podemos
encontrar signos extraordinarios, firāsa (conocimiento sobrenatural), transformación de quienes lo rodean, humildad, dhikr,
karāmāt (milagros) o una presencia que orienta
poderosamente hacia Allah. Podemos tener razones muy profundas para creer que
estamos ante un walī. Pero nosotros no conocemos los corazones como
Allah los conoce. Pero uno se guía por lo que llega a conocer, cierto.
Es razonable.
El asunto es que admitiendo que alguien sea verdaderamente un gran walī,
queda todavía otra pregunta: ¿es ese walī el maestro adecuado para mí?
No todo
médico excelente es el médico adecuado para cualquier paciente; tampoco todo
maestro extraordinario es necesariamente el maestro apropiado para cada
discípulo.
No es una pregunta menor en
absoluto. Puede haber diferencias de temperamento,
cultura, metodología, sensibilidad, situación familiar o necesidades
espirituales. Reconocer la santidad de alguien no crea automáticamente una
obligación de darle bay'ah, por muchos que los discípulos de ese maestro
piensen otra cosa.
III LOS LÍMITES DE UN MAESTRO
La
wilāya tampoco equivale a competencia universal. Aquí va una serie de cosas obvias pero que son verdaderos
elementos escasos en mucha parte de la cultura práctica en una tariqa:
Un
auténtico walī puede tener una extraordinaria comprensión de las enfermedades
del alma y no ser mujtahid.
Puede
poseer una formidable firāsa y ser un administrador mediocre.
Puede
conocer aspectos del ghayb (el No Visto) que
nosotros no conocemos y entender poco de economía.
Puede ser
espiritualmente gigantesco y no tener ninguna competencia especial en
psicología, política, medicina o sociología.
Un gran wali podría incluso ser un mal pedagogo,
incluso dentro de su propio campo. Por ejemplo: puede
tener una estación espiritual real y, sin embargo, expresarse de formas que
algunos discípulos interpretan mal; puede equivocarse al tratar a determinada
persona; puede emitir mensajes contradictorios; puede no advertir el daño
psicológico que determinada metodología causa en alguien. Reconocer esa
posibilidad no es faltarle el respeto. Lo peligroso es construir un sistema
donde admitir que el shaykh se equivocó sea prácticamente impensable.
Santidad
e infalibilidad, o santidad y conocimiento en todos los campos, son cosas completamente distintas.
Un shaykh
de elevada estación, no pierde su
personalidad, idiosincrasia, cultura y temperamento.
Puede ser
duro o dócil, expansivo o reservado, severo o indulgente. Puede conservar
prejuicios culturales, sesgos generacionales, preferencias personales o
criterios discutibles sobre cuestiones que la propia Sharīʿa deja abiertas.
El
peligro aparece cuando el discípulo empieza a convertir la idiosincrasia del
shaykh en norma universal: los gustos de
su maestro se transforman en virtudes, las aversiones de su maestro se transforman en defectos a evitarse y
su cultura particular en una especie de Sunna privada.
IV EL PELIGRO ES REAL
¿Por qué tanto cuidado con
delimitar el campo de un maestro?
Pensemos
en un caso hipotético (pero cuántos casos reales hay tras esta “hipótesis”).
Un sheikh
puede ser un hombre de enorme austeridad, dhikr y servicio, manifestar
auténticas karāmāt —dones extraordinarios concedidos por Allah a algunos
awliyā'— y poseer una firāsa sorprendente. Puede recibir a un discípulo
y, sin que éste le haya explicado nada, identificar exactamente una enfermedad
de su corazón, advertirle sobre una situación familiar que nadie le había
contado o decirle unas palabras capaces de transformar su vida espiritual.
Podemos razonablemente reconocer en eso signos extraordinarios.
Pero ese
mismo sheikh puede haber crecido en una cultura profundamente patriarcal,
conservar prejuicios fuertes respecto de las mujeres que trabajan, tener
opiniones políticas extraordinariamente simplistas o recomendar una inversión
financiera desastrosa porque confió ingenuamente en alguien. Que conozca
admirablemente un corazón no demuestra que conozca los mercados. Que tenga
firāsa no convierte sus prejuicios culturales en revelación. Y que sea un walī
no convierte automáticamente sus opiniones políticas, económicas o familiares
en una extensión de la Sharīʿa.
Imaginemos
un segundo sheikh hipotético, completamente diferente: afectuoso,
misericordioso, extraordinariamente luminoso, capaz de generar profundas
aperturas durante el dhikr. Quizá un día llame inesperadamente a un murīd
situado en otro país y le diga: «No tomes mañana esa decisión», sin aparente
conocimiento de lo que ocurre, y al día siguiente el discípulo descubra que
aquel consejo evitó una desgracia. Quizá perciba también una crisis interior
que otra persona había ocultado a todos. Y, sin embargo, puede ser
extraordinariamente pasivo al gobernar su propia ṭarīqa: incapaz de poner límites
a un hijo autoritario, demasiado indulgente con un muqaddim abusivo, reacio a
destituir colaboradores incompetentes porque les tiene cariño, o incapaz de
percibir la magnitud del sufrimiento que determinadas dinámicas institucionales
están produciendo en algunos discípulos. Puede ser espiritualmente superior
a casi todos los que lo rodean y, al mismo tiempo, dirigir mal determinados
asuntos de su organización. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
Pero
si piensas como murid que la boca de tu maestro sólo produce afirmaciones
infalibles (o casi infalibles en la práctica) puedes terminar tomando una
decisión desastrosa para tu negocio, familia, cultura, etc. si no eres capaz de
retener tu autonomía de criterio razonable, o si la tariqa te enseña que
hacerlo es ser mal discípulo.
Y
cuántos casos así han ocurrido.
Hay que
abandonar una falsa disyuntiva que causa mucho daño: «Si es verdaderamente un
walī, todo cuanto hace tiene que estar bien; y si se equivocó gravemente,
entonces nunca pudo haber sido un walī». No. Un ser humano puede poseer
extraordinaria proximidad a Allah y conservar limitaciones, ignorancias,
afectos, prejuicios, errores de juicio y puntos ciegos. La wilāya no es
infalibilidad. Una concepción madura del sufismo debe permitirnos reconocer una
karāma cuando tenemos buenas razones para reconocerla y, al mismo
tiempo, llamar error a un error cuando existen razones igualmente claras para
verlo.
Pero
claro, si estas “equivocaciones” se refieren a que el maestro tenga conductas
prohibidas por la Ley Divina (que debes tú conocer muy bien para ello), y no
son un episodio raro, y pero aún si se las llama “sabidurías” … sal de allí
cuanto antes.
V EL PROBLEMA PUEDE SER LA TARIQA MISMA.
Esto es
especialmente importante porque un auténtico walī puede continuar viviendo
dentro de una concepción institucional de la ṭarīqa que pertenece
sociológicamente a otra época.
Las
antiguas ṭarīqas podían constituir verdaderas microsociedades. El
shaykh conocía a las familias durante generaciones, intervenía en conflictos,
conocía a esposos, esposas, hijos y vecinos y podía modificar realmente el
entorno social de sus discípulos. Utilizando una imagen fuerte, podía funcionar
casi como un pequeño rey dentro de aquella microsociedad.
Hoy un
shaykh puede tener diez mil o cien mil murids distribuidos por el mundo. La
forma institucional puede conservar el lenguaje de aquella antigua relación
mientras la realidad que lo sustentaba ha desaparecido.
El shaykh
no conoce tu matrimonio, la familia de tu esposa, los amigos de tus hijos, tu
jefe, tus compañeros de trabajo ni las innumerables circunstancias concretas de
tu vida.
Puedes
ir a visitarlo 1 vez al año. Eso no cambio el asunto salvo en muy pequeña y temporal
medida.
Incluso
viviendo cerca de él, que es el caso más infrecuente, su capacidad para transformar todo tu entorno es muchísimo
menor que la que podía ejercer un shaykh dentro de una comunidad tradicional
cerrada.
Por eso
conviene preguntarse honestamente qué significa nuestra bay'ah.
Si
no eres alguien en suluk profundo (1 de cada 1000 o menos) y no vives cerca a
él para ese propósito educativo en particular (un grupo a su vez muy pequeño de
entre los que sí viven en sulk intenso), tienes una realidad que las tariqas frecuentemente
negarán:
Tu bay'ah
en los hechos es una bay'ah de barakah, aunque el discípulo o
los representantes de la ṭarīqa digan que tu pacto al maestro es un pacto
clásico con todas sus características (y obligaciones).
Recibir
adhkar (recitaciones), seguir enseñanzas
(en su ámbito de competencia), amar al shaykh,
encontrarse ocasionalmente con él y vincularse a su silsila o línea de
transmisión puede ser espiritualmente precioso. No
hay que menospreciarlo. Pero tampoco hay que inventar una suhba y
tarbiya personal donde materialmente no puede
existir.
VI LAS DINÁMICAS DE TARIQA TIENEN UN PROBLEMA.
Alrededor
de cualquier autoridad espiritual pueden además generarse dinámicas sociales
que ni siquiera el propio shaykh buscó.
La más clásica: su familia adquiere una aureola especial. Sus hijos
comienzan a ser considerados casi espiritualmente superiores por nacimiento.
Sus acompañantes parecen más importantes porque tienen acceso al shaykh. Sus
muqaddims o wakiles o representantes reciben
una autoridad que paulatinamente deja de ser funcional y empieza a entenderse
como jerarquía espiritual.
Pero el
hijo de un walī puede ser simplemente su hijo. Un muqaddim puede ser
simplemente un buen organizador. La cercanía social al shaykh no mide la
cercanía a Allah.
Ser
representante del shaykh no convierte a nadie en wali, ni en psicólogo, ni en
sabio, ni siquiera necesariamente en una persona con mejor carácter que los
demás.
Hay que
decirlo sin rodeos: existe fanatismo sufí y existe sectarismo sufí. Hay ṭarīqas en las que prácticamente
todo el mundo termina convencido de que su sheikh es el Qutb de la
época, el Sulṭān al-Awliyā', que el
anterior también lo fue, que su ṭarīqa es la única que conserva verdadera tarbiya y
que las demás son apenas caminos de barakah. Pero lógicamente no todas esas afirmaciones
pueden ser verdaderas.
Eso
debería producir, como mínimo, una sana cautela epistemológica.
Esto no
invalida un relato extraordinario. Pero sí produce humildad, cautela, y sobre
todo hay algo que no debe producir.
A veces
las afirmaciones ni siquiera se limitan al orden espiritual. No. No es
suficiente. El maestro debe ser más grande todavía. Y entonces se afirma que el
sheikh es prácticamente mujtahid mutlaq (genio experto de las ciencias
islámicas) sin que pueda exhibirse ante especialistas una producción jurídica
capaz de justificar semejante afirmación.
Pero si
aquel maestro ha alcanzado tan elevado rango de conocimiento de las ciencias
islámicas: ¿dónde existe una obra jurídica, metodológica o científica capaz de
demostrarlo ante los ulama especializados?
La
admiración de los discípulos no sustituye la evidencia. Si alguien es un gran jurista debe poder reconocerse en su
producción jurídica. Si es un gran especialista en hadiz, en sus trabajos de
hadiz. Si es un gran pedagogo, en los frutos de su pedagogía. Ser wali no
necesita convertirlo además en todas esas cosas.
VII UNA REALIDAD Y UNA PARADOJA
Y aquí la
cruda realidad: la gran mayoría de shaykhs sufíes, incluso auténticos,
sinceros, y awliya, tienen poco conocimiento de las ciencias islámicas y no
califican como ´alim y menos como algún ´Allamah.
Son muy
escasos los casos donde el maestro sufí es además un erudito amplio.
Y aun
así, no hay casi nunca entre ellos, ni entre los otros ulama, gente de
auténtico ijtihad, sino básicamente “lectores de escuela” (seguidores, gente de
taqlid, de una escuela, con los sesgos y limitaciones propias del taqlid).
Pero aquí
viene la paradoja cruel:
No
obstante ello, se observa muchas veces que la pertenencia a una ṭarīqa comienza a producir la
sensación de formar parte de una élite espiritual frente a los demás
musulmanes, algo profundamente contrario a la finalidad misma del tasawwuf
ha comenzado a ocurrir.
El camino
que debía destruir el orgullo ha producido una nueva forma de orgullo:
el
orgullo de pertenecer al grupo que supuestamente ha trascendido el orgullo.
VIII INMUNIDAD A LA CRITICA AUTÉNTICA
El
síntoma más peligroso aparece cuando el sistema se vuelve inmune a toda
corrección. Si algo que hizo el sheikh produjo daño, «había una sabiduría
secreta». Si alguien sufrió, «es su nafs». Si pregunta, «le falta adab». Si un
muqaddim actúa mal, «no debemos mirar los defectos de los cercanos al sheikh».
Si alguien se va, «perdió la barakah». Y si critica la estructura, esa misma
crítica demuestra supuestamente que está espiritualmente enfermo. En ese punto
puede haber ya dinámicas que francamente tienen visos de sectarismo. Una
persona puede sufrir durante años, quedar cegada, perder confianza en su propio
juicio y terminar confundiendo la destrucción de su autonomía con la
destrucción de su ego.
El
peligro mayor aparece cuando se construye un sistema cerrado de
interpretación.
Si algo
hace daño, «había una sabiduría». Si alguien se siente herido, «es su nafs». Si
cuestiona algo, «carece de adab». Si un representante se comporta mal,
cuestionarlo parece convertirse indirectamente en cuestionar al shaykh. Si
alguien se marcha, «perdió la barakah».
En ese
momento ya no estamos simplemente ante espiritualidad: aparece una
relación bien conocida de autoritarismo en la
sociología del poder y del del conocimiento,
mecanismos de pertenencia y dinámicas auto-protectors que tan
fundamentales son para las sectas, pero que no
debieran formar parte de una hermandad espiritual.
Sufrimiento silencioso.
Una
persona puede realmente sufrir dentro de una estructura de este tipo. Puede
pasar años intentando negar aquello que ve. Puede terminar desconfiando de su
propia conciencia. Puede creer que está destruyendo su ego cuando en realidad
está debilitando su personalidad. Puede llamar adab al miedo, entrega
espiritual a la dependencia y humildad a la incapacidad de decir que algo está
mal. Por eso la bay'ah nunca debería exigirnos cerrar los ojos.
X ES NECESARIO UN GRAN CAMBIO
Lo anterior no constituye un argumento contra la bay'ah ni contra el
sufismo. Constituye un argumento contra la
ingenuidad y el uso de una relación de poder y las dinámicas de grupo
cuando éstas se vuelven todo menos sanas. Constituye
un argumento para un gran cambio en las dinámicas de muchas tariqas, eso sí.
Existe
una crisis real de adaptabilidad de las ṭarīqas al mundo contemporáneo.
No es
necesariamente una crisis del tasawwuf.
Muy al
contrario. En una época caracterizada por materialismo, distracción, ansiedad,
individualismo y superficialidad espiritual, existe una necesidad enorme de tasawwuf:
purificación del corazón, dhikr, contemplación, disciplina del ego, maḥabba —amor espiritual— y orientación hacia Allah.
Pero una
cosa es la realidad espiritual del sufismo y otra sus formas institucionales
históricas. Las instituciones no son eternas. Son vehículos.
Y un
vehículo que funcionó admirablemente en determinadas condiciones históricas
puede necesitar transformaciones profundas cuando esas condiciones desaparecen.
El mundo
contemporáneo posee rasgos negativos evidentes: individualismo excesivo,
dificultad para aceptar una autoridad legítima, fragmentación del conocimiento,
narcisismo y una tendencia a creer que cualquiera puede convertirse en
especialista viendo vídeos.
Pero
también posee adquisiciones valiosas:
Mayor
alfabetización.
Acceso
inmenso a fuentes.
Capacidad
de comparar maestros.
Posibilidad
de consultar especialistas de distintos países.
Mayor
conciencia de las dinámicas de abuso psicológico.
Mayor
autonomía personal.
Una
concepción más madura de la responsabilidad individual.
Todo eso
no debe ser tratado simplemente como decadencia moderna. También forma parte de
la realidad histórica en la que Allah nos ha colocado.
No
podemos alienarnos psicológicamente intentando vivir como si estuviéramos en
una aldea de Anatolia del siglo XIII, una zāwiya marroquí del siglo XVIII o una
comunidad de Asia Central del siglo XV. No vivimos allí.
Y fingir
que vivimos allí no recrea aquel mundo.
Por eso
hay que decir algo que puede resultar incómodo:
Determinadas
formas de jerarquía personal absoluta que todavía se reproducen en algunas ṭarīqas no tienen hoy ningún
sentido ni justificación.
No me
refiero a negar toda autoridad. Siempre habrá maestros y alumnos, siempre habrá
personas con más conocimiento. Eso es natural.
Más aún:
hay siempre auténticos siervos de Allah. Hay hombres y mujeres de corazones
extraordinariamente dedicados.
Creo
perfectamente posible que existan auténticos awliyāʾ de Allah en nuestro tiempo
y de hecho sí hay maestros.
Pero precisamente
por eso resulta doloroso observar cuánto pueden contaminar la transmisión del
sufismo el culto a la personalidad, la idealización del entorno familiar del
shaykh, las jerarquías artificiales, la inflación de títulos espirituales, el
sectarismo entre ṭarīqas y la incapacidad institucional para admitir errores
o para no adaptarse.
Decirlo
no es servir al enemigo del sufismo. Ocultarlo sí puede terminar sirviéndolo.
Porque
cuando una persona inteligente entra en contacto con estas dinámicas y descubre
contradicciones evidentes, puede terminar concluyendo no solamente que aquella
organización estaba equivocada, sino que todo el tasawwuf era falso.
Y eso
sería profundamente injusto.
Hay que
saber distinguir el oro de la estructura humana que históricamente lo
transportó.
Lo que
carece de sentido es convertir la existencia de estos siervos de Dios de corazón iluminado en una pirámide
de subordinación psicológica total.
X HACIA UN NUEVO PARADIGMA
Hay un
cambio de paradigma necesario frente al esquema clásico del mundo premoderno de
las tariqas.
Hoy veo
perfectamente legítima otra forma de relación: acercarse a un shaykh, amar su
luz, aprender de su experiencia, escuchar su consejo, mantener amistad y
confianza, pedirle corrección allí donde verdaderamente nos conoce; pero sin
construir alrededor de él una soberanía imaginaria sobre nuestra existencia.
Podemos
aprender fiqh de un faqih, psicología de un psicólogo, medicina de un médico y
tasawwuf de una persona que verdaderamente conozca el camino del corazón. No
necesitamos fingir que todas las ciencias de Allah fueron depositadas en un
solo ser humano.
Si
encuentras un gran shaykh, agradéceselo profundamente a Allah. Si encuentras
una comunidad sana de dhikr, disfrútala. Si una silsila te alimenta
espiritualmente, permanece en ella. Si la bay'ah te ayuda verdaderamente a
disciplinar el nafs y acercarte a Allah, reconoce esa gracia.
Pero
mantén despierta la conciencia de que alrededor de las cosas más sagradas
también pueden desarrollarse estructuras profundamente humanas.
Una
relación sana con un sheikh debería finalmente producir más inteligencia,
más personalidad (sí, más personalidad sana, más tu función e historia
propia como siervo único de Dios en este mundo), más fuerza de voluntad, más
discernimiento, mayor capacidad de amar, mayor responsabilidad y una conciencia
más profunda de Allah. No debería infantilizarnos. Un verdadero maestro no
necesita que su discípulo permanezca intelectualmente pequeño para poder seguir
siendo maestro. El mejor profesor es precisamente aquel que se alegra cuando el
alumno crece.
Y, sobre
todo, no cierres el horizonte del conocimiento después de encontrar tu
camino. Tener un shaykh no debería impedir conocer a otros shuyūkh.
Pertenecer a una ṭarīqa no debería producir temor a escuchar a otros awliyā'.
Amar una silsila no debería convertir todas las demás en sospechosas. Podemos
nutrirnos de otros maestros sin abandonar nuestra senda. Podemos reconocer una
luz distinta sin negar aquella que ya recibimos.
La unidad
no consiste en uniformización. El camino hacia Allah es demasiado inmenso
para reducirlo a nuestra pequeña geografía institucional. Otros shuyūkh pueden
conocer cosas que el nuestro no conoce. Otros awliyā' pueden manifestar otros regalos
de Allah. Otras ṭarīqas pueden haber conservado tesoros que nuestra propia
cadena no enfatiza. Conocerlos no tiene por qué fragmentarnos: puede ensanchar
nuestra capacidad de recepción y enriquecer precisamente el camino que ya
recorremos.
Y si
alguna vez llegamos verdaderamente a estados avanzados de sulūk,
entonces quizá deberíamos volvernos todavía más agradecidos por los awliyā'
de Allah dondequiera que aparezcan, no menos. A mayor conocimiento del
océano, menos razonable resulta imaginar que todo el océano está contenido en
nuestra copa.
Por eso,
después de todos estos años, mi conclusión no es:
«Da
bay'ah».
Ni:
«No des
bay'ah».
Es otra:
Ama a la Gente de Allah auténtica.
Y aprende. Discierne. Conoce. Observa. No abandones nunca esa capacidad.
Si das
bay'ah, hazlo con los ojos abiertos.
Si no la
das, no pienses que por ello has quedado fuera del camino hacia Allah.
Si
encuentras un auténtico walī, agradécelo.
Pero
recuerda que puede ser un walī sin ser necesariamente tu walī, tu
maestro, tu pedagogo o la persona adecuada para dirigir tu vida.
Si
encuentras a tu shaykh, ámalo sin convertirlo en infalible.
Reconoce
sus karāmāt sin transformar todas sus decisiones en karāmāt.
Respeta a
su familia sin santificarla ni mitologizarla.
Respeta a
sus representantes sin convertir sus cargos en estaciones espirituales
ni alimentar sus egos ni permitir una relación de poder que no sea sana.
Ama tu ṭarīqa, si estás en una, sin imaginar que Allah ha agotado Sus tesoros dentro de
ella.
Y
mantente abierto.
Porque
puede ocurrir sino un gran riesgo (y cuántas veces ocurre y sigue ocurriendo).
Si se
dan los riesgos antes mencionados, a veces no dar bayat puede ser
espiritualmente más sano que darla.
Puede
proteger tu inteligencia.
Puede
proteger tu personalidad.
Puede
proteger tu familia.
Puede
proteger tu relación con Allah.
Porque
también es posible pasar años creyendo que estás luchando contra tu nafs
cuando, en realidad, estás aprendiendo a desconfiar de tu conciencia; creyendo
que estás adquiriendo adab cuando estás perdiendo tu voz; creyendo que
estás obedeciendo a un maestro cuando estás obedeciendo a una estructura
humana; y creyendo que estás acercándote a Allah mientras te vuelves cada vez
más dependiente de una personalidad.
Mantente entonces, en todo caso, abierto a aprender.
Abierto a
corregirte. Abierto a otros hombres y mujeres
de Allah. Abierto a otras formas de
conocimiento. Abierto a reconocer un error
incluso allí donde existe mucha luz. Y abierto
también a reconocer una enorme luz incluso en alguien que posee limitaciones
humanas evidentes.
Una forma
más madura de vivir el sufismo: permanecer fiel sin volverse cerrado; amar
sin idealizar; obedecer donde corresponde sin abdicar de la conciencia; recibir
barakah sin fabricar infalibilidad; caminar por una senda concreta sin
confundirla con todo el horizonte.
Porque
finalmente no entramos al tasawwuf para pertenecer a una institución.
Ni para
poseer un shaykh.
Ni para
poder decir que nuestra ṭarīqa es la correcta.
Entramos
para conocer mejor a Allah, purificar el corazón y convertirnos en seres
humanos más verdaderos delante de Él.
Por: Nuruddin Cueva, 4 de setiembre de 2026.

