Salatul fatih

Salatul fatih
Oh Allah bendice a nuestro Maestro Muḥammad, el que abre lo que está cerrado y sella lo que le ha precedido, aquel que hace triunfar a la Verdad por la Verdad, el guía hacia el camino recto, y a su familia, conforme a lo que merece su categoría y su inmenso alcance

martes, 15 de septiembre de 2026

La Luna: ¿Se partió o no en dos?

En el Nombre de Dios,
el Misericordioso, el Compasivo

 

La Luna partida en dos en el Cielo de la Meca


¿La Luna se partió verdaderamente en dos?

A los musulmanes se nos enseña normalmente que durante la vida del Profeta Muḥammad (ﷺ) ocurrió un milagro extraordinario: la Luna se partió en dos ante quienes estaban presentes y después volvió a reunirse.

El punto de partida es el comienzo de Sūrat al-Qamar:

ٱقْتَرَبَتِ ٱلسَّاعَةُ وَٱنشَقَّ ٱلْقَمَرُ ۝ وَإِن يَرَوْا۟ ءَايَةًۭ يُعْرِضُوا۟ وَيَقُولُوا۟ سِحْرٌۭ مُّسْتَمِرٌّۭ

Iqtarabati l-sāʿatu wa-nshaqqa l-qamar. Wa-in yaraw āyatan yuʿriḍū wa-yaqūlū siḥrun mustamirr.

«La Hora se ha acercado y la Luna se ha partido. Y si ven un signo, se apartan y dicen: “es una magia persistente”.»
(Qurʾān 54:1-2)

La expresión árabe inshiqāq al-qamar significa “la partición de la Luna”.

A esto se suma un importante ḥadīṯ de ʿAbd Allāh b. Masʿūd recogido por al-Bukhārī:

حَدَّثَنَا مُسَدَّدٌ، حَدَّثَنَا يَحْيَى، عَنْ شُعْبَةَ، وَسُفْيَانَ، عَنِ الأَعْمَشِ، عَنْ إِبْرَاهِيمَ، عَنْ أَبِي مَعْمَرٍ، عَنِ ابْنِ مَسْعُودٍ، قَالَ: انْشَقَّ الْقَمَرُ عَلَى عَهْدِ رَسُولِ اللَّهِ ﷺ فِرْقَتَيْنِ، فِرْقَةً فَوْقَ الْجَبَلِ وَفِرْقَةً دُونَهُ، فَقَالَ رَسُولُ اللَّهِ ﷺ: «اشْهَدُوا».

«Ibn Masʿūd relató: Durante la vida del Profeta Muḥammad (ﷺ), la Luna se partió en dos partes: una parte estaba por encima del monte y la otra al otro lado de él. Entonces el Profeta Muḥammad (ﷺ) dijo: “Sed testigos”.»

Ṣaḥīḥ al-Bukhārī, 4864, Kitāb al-Tafsīr, comentario de Sūrat al-Qamar.

Muslim transmite también varias versiones del episodio.

No estamos, por tanto, ante una historia que pueda descartarse simplemente diciendo que apareció muy tarde. Existe una tradición antigua y seria según la cual algo extraordinario relacionado con la Luna fue visto durante la vida del Profeta Muḥammad (ﷺ).

La pregunta es otra:

¿qué fue exactamente lo que ocurrió?

Hay tres formas principales de entenderlo.

Primera posibilidad: la Luna física se partió en dos

Ésta ha sido la explicación más extendida: el cuerpo mismo de la Luna se habría dividido materialmente en dos grandes partes y después habría vuelto a quedar unido.

Que Allah pueda hacer semejante cosa no ofrece ninguna dificultad para un creyente. Allah es Todopoderoso.

El problema es que esta explicación, sencilla en apariencia, abre inmediatamente muchas consideraciones difíciles de evitar incluso para quienes no tenemos ningún inconveniente en aceptar la posibilidad de milagros, que nos pueden hacer repensar si estamos entendiendo bien el relato.

Hoy tenemos mapas extraordinariamente detallados de prácticamente toda la superficie lunar. No se conoce ninguna estructura geológica global que indique que la Luna entera se separó en dos grandes mitades en un pasado relativamente reciente y posteriormente volvió a unirse.

Podría decirse que Allah la volvió a unir sin dejar ningún rastro. Naturalmente puede hacerlo.

Pero entonces ya no estamos hablando solamente de un milagro. Añadimo otro: la reunificación sobrenatural, no solo la partición sobrenatural. Y en realidad más.

Habría que suponer que dos enormes partes de la Luna pudieron separarse sin producir una destrucción gigantesca; que después pudieron volver a reunirse; que esa reunión no dejó una enorme marca; que no quedaron restos de semejante acontecimiento; y que todas las consecuencias físicas normales de romper y volver a unir un cuerpo de ese tamaño fueron también evitadas o borradas.

Nada de eso aparece ni en la aleya ni en el ḥadīṯ.

Es posible por el poder de Allah. Pero resulta una explicación mucho más complicada de lo que las fuentes realmente nos obligan a afirmar.

A esto se añade una dificultad histórica.

Una separación física de la Luna habría sido un acontecimiento cósmico inmenso, en escala mucho mayor que, por ejemplo, la apertura del mar para Mūsā (Moisés, la paz sea con él), que ocurrió en un lugar concreto de la Tierra.

Si la Luna física hubiera aparecido dividida en dos grandes cuerpos, sería razonable esperar una memoria mucho más amplia del acontecimiento, tanto entre los árabes como entre otros pueblos que observaban cuidadosamente el cielo.

Sin embargo, no encontramos una cantidad de testimonios que corresponda siquiera mínimamente a algo de esa enorme magnitud.

Incluso dentro de la tradición musulmana, el número de posibles testigos presenciales conforme a los hadices es reducido.

El relato de Ibn Masʿūd muestra que su narración tiene raíces tempranas y no puede ser descartada fácilmente (por si alguien se pregunta en relación a la autenticidad del ḥadīṯ). Pero eso prueba con mucha mayor fuerza que se vio algo, no necesariamente la conclusión adicional de que la Luna física se fracturó realmente en dos cuerpos.

Hay además otro silencio llamativo: Ibn Isḥāq, cuya obra constituye la base de la biografía antigua del Profeta Muḥammad (ﷺ) conservada posteriormente por Ibn Hishām, no incluye este episodio. Ibn Ḥajar mismo señaló esa ausencia. ¿Si se hubiera tratado de un evento físico de partición gigantesca, sería esperable que este episodio hubiera sido omitido?

Por separado, ninguno de estos problemas demuestra que la interpretación física sea falsa.

Juntos, sin embargo, hacen razonable preguntar si estamos entendiendo el relato de una manera demasiado material.

Segunda posibilidad: la aleya habla del final de los tiempos

El propio versículo comienza diciendo:

«La Hora se ha acercado». La Hora es una referencia inequívoca al Día del Juicio.

Esto permite entender la partición de la Luna dentro del escenario y la época de los grandes cambios del universo que el Corán relaciona con el final de los tiempos.

El Corán describe el Sol, la Luna, las estrellas, las montañas y el cielo mismo perdiendo el orden que ahora conocemos.

Por eso no es necesario entender Q 54:1 como si fuera ante todo la crónica de un milagro ocurrido varios años antes de la hijra.

La aleya puede estar diciendo que el orden tierra - Luna (en contexto, el universo que conocemos) llegará a su fin.

Tampoco debemos convertir eso inmediatamente en una fotografía anticipada de la astronomía del último día y afirmar:

«La Luna física se partirá exactamente en dos mitades».

Puede ser así, pero el texto no nos obliga a precisar el mecanismo.

La imagen de una Luna partida puede expresar poderosamente que el orden regular del cielo se habrá quebrado.

Esto tiene particular importancia porque Allah hizo del Sol y de la Luna medios para medir el tiempo:

«Él es Quien hizo al Sol resplandor y a la Luna luz, y determinó para ella fases, para que conocierais el número de los años y el cómputo».
(Qurʾān 10:5)

Shaykh Imran N. Hosein ha insistido particularmente en este aspecto: la Luna y sus fases forman parte del sistema de tiempo establecido por Allah, y el calendario lunar coloca al ser humano dentro de ese orden. En The Qurʾān and the Moon desarrolla ampliamente esa relación entre Luna, tiempo y vida religiosa.

Por eso resulta razonable relacionar la ruptura del orden lunar al final de los tiempos con que el sistema mismo mediante el cual el ser humano reconoce días, meses y años habrá dejado de funcionar como ahora funciona.

Qué aspecto exacto tendrá eso, solo Allah lo sabe.

La expresión «la Luna se ha partido» puede describir una alteración física, una forma bajo la cual ese gran cambio será percibido, o ambas cosas.

A mi juicio, ésta es la lectura fundamental de la aleya: habla del final de los tiempos y de la ruptura del orden cósmico.

Pero esto no obliga a negar que durante la vida del Profeta Muḥammad (ﷺ) pudiera haberse mostrado anticipadamente algo relacionado con esa realidad futura.

Y aquí aparece la tercera posibilidad.

Tercera posibilidad: se mostró realmente una Luna partida, sin que la Luna física se rompiera

Para comprender esta posibilidad necesitamos recordar algo presente desde hace siglos en la tradición espiritual islámica.

El mundo físico que tocamos y vemos no agota toda la realidad.

Los maestros sufíes y varios filósofos musulmanes hablaron de distintos planos de existencia. De hecho, una geografìa de la realidad total de la existencia que muestra diferentes planos o niveles de existencia es una constante en las grandes tradiciones espirituales del mundo.

Hay un mundo corporal como el nuestro, un mundo espiritual, y entre ambos un nivel en el cual las realidades espirituales pueden aparecer bajo formas visibles.

A este nivel intermedio se lo llamó en el sufismo ʿālam al-mithāl, y Henry Corbin utilizó para traducirlo la expresión latina mundus imaginalis, «mundo imaginal».

La palabra "imaginal", sin embargo, tiene un significado preciso que debe precisarse o, si no, puede confundir. No significa imaginario, falso, inventado ni una simple imagen psicológica.

Corbin escogió precisamente otra palabra porque «imaginario» normalmente significa algo que no existe. Él estaba hablando, en cambio, de un orden real de existencia y de percepción.

Para decirlo de forma sencilla: es un mundo intermedio en el cual una realidad espiritual puede tener forma, ser vista y ser experimentada, sin convertirse por ello en un objeto material como una piedra o un árbol.

En adelante podemos dejar de utilizar el término técnico y hablar simplemente de una manifestación real procedente del mundo espiritual.

El Corán proporciona un ejemplo extraordinariamente claro.

Cuando Yibrīl (el Arcángel Gabriel) se presenta ante Maryam (la Virgen María), dice:

فَتَمَثَّلَ لَهَا بَشَرًا سَوِيًّا

«Se le manifestó bajo la forma de un hombre perfectamente constituido».
(Qurʾān 19:17)

La Virgen María (la paz sea con ella) vio realmente un hombre.

Pero Yibrīl no dejó por ello de ser un ángel ni tuvo que convertirse biológicamente en un ser humano.

Algo espiritual se manifestó de una manera visible.

La conocida aparición de Yibrīl ante el Profeta Muḥammad (ﷺ) y sus Compañeros bajo la forma de un hombre ofrece otro ejemplo.

Shaykh Mullā Ṣadrā desarrolló esta idea explicando que ese nivel intermedio de la realidad no es una ficción mental: pertenece realmente al orden de la existencia, aunque no sea material como nuestro cuerpo físico.

Ibn ʿArabī y la propia Luna

Lo más importante es que Ibn ʿArabī plantea esta cuestión precisamente al comentar la partición de la Luna.

En el capítulo 330 de su célebre obra al-Futūḥāt al-Makkiyya (las Iluminaciones de la Meca), después de recordar el lenguaje de la partición de la Luna y el mandato «sed testigos», escribe:

وما لهم إلا ما ظهر، وهل هو ذلك الواقع في نفس الأمر أو في نظر الناظر؟ هذا لا يلزم

Es decir:

«Ellos no tuvieron sino aquello que se les manifestó; si aquerllo ocurrió así en la realidad misma o en la mirada del observador, no es necesario [determinarlo]».

Es decir: para Ibn ʿArabī, aceptar que los testigos realmente contemplaron la señal no obliga a afirmar necesariamente que el cuerpo físico de la Luna sufrió exactamente aquello que apareció ante sus ojos.

Ésta es una distinción extraordinariamente importante.

Los presentes pudieron haber visto realmente una Luna dividida.

No estaban necesariamente imaginando o alucinando. El milagro podía ser perfectamente real pero de ello no se sigue que el satélite físico tuviera que haberse quebrado.

Shāh Walī Allāh al-Dihlawī llegó a una conclusión muy semejante por otra vía.

En su obra Taʾwīl al-aḥādīth fī rumūz qiṣaṣ al-anbiyā (Interpretación de las narraciones [hadices] sobre los símbolos de los relatos de los Profetas) escribe:

ليس يجب انشقاقه البتة انشقاقاً لعين القمر

«No es en absoluto necesario que la partición fuese una partición del cuerpo mismo de la Luna».

Y continúa comparando el modo en que hablamos de ciertos fenómenos visibles —humo, astros fugaces, eclipses y otros fenómenos perceptivos— con expresiones lingüísticas que no requieren que el objeto celeste haya sufrido literalmente la transformación aparente.

Su comparación con eclipses y otros fenómenos visibles apunta precisamente a distinguir lo que aparece ante nuestra vista de una transformación física del objeto observado.

No debemos atribuirle sin más que haya explicado este episodio específicamente mediante el mundo espiritual intermedio pero al menos un crítico suyo ciertamente así entendió sus palabras, en el marco de las elaboraciones de Shāh Walī Allāh al-Dihlawī con relación al mundo intermedio. 

En efecto, Muḥammad Zāhid al-Kawtharī, al criticar precisamente esta idea de Shāh Walī Allāh, lo acusa de resolver -segun su punto de vista- narraciones problemáticas mediante su doctrina del ʿālam al-mithāl, y menciona específicamente su interpretación de la partición lunar como:

ترائيه كذلك للأنظار

«su aparecer así ante las miradas».

Esto demuestra que al menos un importante lector tradicional entendió esa interpretación dentro del marco más amplio de la doctrina del mundo intermedio de Shāh Walī Allāh,

En cualquier caso, la conclusión básica de Shāh Walī Allāh coincide con la de Ibn ʿArabī: lo visto no obliga a una fractura material del astro.

Una comparación útil: Fátima

Puede ayudar aquí un ejemplo procedente de otra tradición religiosa.

El 13 de octubre de 1917, durante las apariciones de Fátima relacionadas con la Virgen María (la paz sea con ella), una gran cantidad de personas afirmó haber contemplado un fenómeno extraordinario en el Sol.

Algunos dijeron que el Sol parecía girar. Otros vieron cambios de colores. Otros describieron que parecía precipitarse hacia la Tierra. Los relatos no fueron todos exactamente iguales.

Y, sin embargo, bajo la comprensión del siglo XX, nadie. ni entre los asistentes ni entre las autoridades religiosas afectadas, necesita sostener que el Sol físico abandonó realmente su lugar en el sistema solar y comenzó a caer sobre Portugal.

La Iglesia católica posteriormente consideró dignas de crédito las apariciones de Fátima. Eso tampoco significa que declarara que el astro físico hubiera realizado literalmente todos los movimientos que describieron los testigos.

La comparación tiene solo una finalidad comparativa. No prueba por sì sola qué ocurrió en Fátima ni demuestra automáticamente qué ocurrió en La Meca.

Pero sirve para comprender algo:

muchas personas pueden percibir realmente un signo celeste extraordinario sin que el cuerpo astronómico tenga que realizar físicamente todos los movimientos que ellas contemplan.

Desde una visión religiosa de la realidad, tampoco es inconcebible para un musulmán que la Virgen María (la paz sea con ella) pueda tener un papel providencial dentro del plan de Allah y que determinadas apariciones puedan servir para llamar nuevamente a las personas hacia Dios y la fe. Esto no obliga a un musulmán a aceptar cada aparición atribuida a ella ni todas las interpretaciones doctrinales que posteriormente se hayan dado de esas experiencias.

Simplemente significa que no necesitamos descartar de antemano la posibilidad de una intervención providencial relacionada con la Virgen María (la paz sea con ella).

Y el ejemplo ayuda a comprender la partición de la Luna.

Puede haber ocurrido una manifestación real en la cual algunos presentes contemplaron verdaderamente una Luna dividida en dos, aun cuando el cuerpo físico de la Luna nunca se hubiera roto.

Las diferencias entre distintas narraciones —una montaña aquí, dos partes allí, diferentes ángulos de observación— tampoco serían necesariamente extrañas en semejante experiencia.

Entonces, ¿qué pudo haber ocurrido?

Las tres posibilidades deben distinguirse claramente.

La primera sostiene que la Luna física se quebró literalmente en dos grandes partes y después fue recompuesta. Es posible para Allah, pero obliga a añadir numerosos acontecimientos extraordinarios que las fuentes no mencionan y plantea importantes dificultades históricas y físicas.

La segunda entiende que Q 54:1 habla principalmente del final de los tiempos. La Luna aparece como parte de la ruptura del orden cósmico que anunciará el final de este mundo. Cabe entender que ésta es la lectura fundamental del versículo coránico. Pero no sabemos si la imagen significa una fractura material exacta de la Luna o una forma visible bajo la cual se manifestará esa gran alteración.

La tercera posibilidad no contradice la segunda.

Durante la vida del Profeta Muḥammad (ﷺ), Allah pudo haber mostrado anticipadamente a determinados testigos una imagen verdadera de esa futura ruptura del orden cósmico.

Ibn Masʿūd habría visto realmente lo que dijo haber visto.

El Profeta Muḥammad (ﷺ) habría podido decir con pleno sentido:

«Sed testigos».

Pero lo contemplado habría sido una manifestación real procedente de un plano espiritual de la realidad, hecha visible ante ellos, y no necesariamente una fractura geológica del astro.

Esta tercera explicación parece la más razonable para comprender los aḥādīth, mientras que la segunda explica mejor el sentido principal de la aleya.

No necesitamos elegir entre ambas.

El Qurʾān puede estar hablando del gran desorden cósmico del final de los tiempos y, al mismo tiempo, una imagen real de ese acontecimiento futuro pudo haberse mostrado ya como signo durante la vida del Profeta Muḥammad (ﷺ).

Así podemos tomar en serio el Qurʾān, tomar en serio el ḥadīṯ y tomar también en serio lo que hoy sabemos acerca de la Luna, y no hay lugar a las observaciones críticas mencionadas para la interpretación puramente fisica habitual en nuestros relatos.

Allah sabe más.


Nuruddin Cueva

viernes, 4 de septiembre de 2026

Los problemas del mundo del sufismo: qué ocurrió mal

En el Nombre de Allah,
el Misericordioso, el Compasivo


 

LOS PROBLEMAS SERIOS DEL MUNDO DEL SUFISMO: QUÉ LE HA IDO MAL


Comparto estas palabras de aguda crítica interna, y a la vez de sensatez cruda pero necesaria, después de más de 25 años de haber estado vinculado a ṭarīqas sufíes, tras observar a lo largo de los años mucho del entorno “sufi” de nuestro tiempo.

Las comparto desde dentro del sufismo, no desde fuera de él; desde el amor por sus enseñanzas, por el dhikr [las ceremonias de recuerdo de Dios que se practican en las fraternidades sufíes], por los awliyā' de Allah [los íntimos o santos de Dios] y por todo lo extraordinario que he recibido durante esos años.

Precisamente por eso, y porque la experiencia también permite mirar ciertas cosas con mayor distancia, creo que vale la pena hablar con franqueza sobre la bay'ah [el pacto de lealtad a un maestro], los shuyūkh [los maestros espirutuales], las ṭarīqas [las hermandades sufíes] y algunas dinámicas humanas que pueden generarse alrededor de ellos.

Mi reflexión no conduce a recomendar dar o no dar bay'ah como regla general. Hay personas para quienes encontrar un shaykh [maestro] y una buena ṭarīqa constituye una de las mayores bendiciones de su vida, siempre y cuando la persona tenga las condiciones necesarias (entre ellas, el conocimiento y disposición personal necesario). Si no tiene esas condiciones, habrá muchos casos en que una determinada bay'ah puede resultar inconveniente o prematura. Y a veces de plano puede resultar muy dañina.

La cuestión no admite una fórmula universal. Lo importante es llegar a ella con conocimiento, discernimiento y libertad interior.

1.             NECESIDAD DE UN MAESTRO

Una frase muy repetida en ambientes sufíes dice que «quien no tiene un shaykh [un maestro sufí, léase] tiene al Shayṭān -el demonio- por shaykh».

Esa frase, en la dinámica de muchos miembros de tariqa, es una burda exageración y un arma inclusive de propaganda y de acusación contra el que no acepta tener a un maestro.

De modo muy restringido, tiene sabiduría en un contexto mucho más limitado: cuando alguien entra verdaderamente en estados avanzados de sulūk [el camino del ascenso en la espiritualidad], cuando esa persona atraviesa experiencias interiores profundas y comienza a internarse en ámbitos cada vez más sutiles del ghayb [el No Visto, los cielos, los ángeles, etc], aumenta la necesidad de alguien experimentado que le ayude a distinguir entre apertura espiritual, imaginación, nafs [ego] y engaño.

En ese contexto restringido, un verdadero shaykh tiene una función extraordinariamente valiosa.

Pero no se interpone entre Allah y el discípulo. No sustituye al Corán ni a la Sunna [la enseñanza del Profeta del Islam]. No posee soberanía sobre la conciencia. Mucho menos es infalible.

Es alguien que conoce mejor determinadas regiones del camino por haberlas recorrido antes y que puede decir al caminante: esto que estás experimentando es normal; esto es peligroso; esto probablemente procede de tu ego; esto no merece importancia; aquello sí merece atención; aquí necesitas avanzar; aquí necesitas detenerte.

Pero ese grado de sulūk [de viaje espiritual real], de condición de aperturas internas, corresponde probablemente a una proporción extraordinariamente reducida incluso de quienes han dado bay'ah. De miles de así llamados murids [discípulos], apenas unas decenas de personas.

No es el caso común.

Más raro es incluso el caso de aquellos que entre los sālikīn son auténticos murīdīn, es decir, que son los auténticos discípulos puros, a saber: gentes que han renunciado del modo más total al mundo en su corazón y están ardientemente volcados a entregarse, con suma tenacidad, solo a Dios del mismo modo en que un sediento en el desierto a punto de morir busca con suma necesidad un sorbo de agua. 

No todos los que hacen sulūk (de por si, pocos) son así. 

A este puñado raro de discípulos puros auténticos (de algunos miles, quizá un par), les corresponde buscar con gran necesidad, con urgencia, a un auténtico (léae bien, el raro caso de un auténtico) maestro de estaciones espirituales plenas y perfectas. Y en ese caso la entrega de aquel discípulo verdaderamente puro a aquel auténtico y muy raro maestro perfecto es una química del corazón fuera de todo cálculo, una entrega asombrosa, una relación sin par: una que está totalmente fuera de los casos y circunstancias que se abordan en este escrito. Que quede aclarado por tanto que aquel caso, al que se refiere la literatura clásica del sufismo, no es el caso de que se tratará en este artículo.

Fuera de ello, la frase de que quien no tiene un auténtico maestro sufí tiene como maestro al demonio, vistas estas escasas proporciones de personas, es, para la inmensa mayoría de casos, para los miles y miles de murids de tariqas, simplemente inaplicable. 

Para el común de los casos esa frase es, así, una exageración burda y un arma de finalidad de deslegitimación de la crítica y de fines meramente identitarios: una frase nada santa.

2.            ELECCIÓN DE UN MAESTRO

Antes de buscar entregar tu obediencia a un maestro hay que buscar conocimiento.

Antes de dar bay'ah existe una paradoja que debe tomarse muy seriamente: 

- para escoger correctamente a alguien como guía necesitas ya poseer suficiente conocimiento para poder juzgar a la persona a quien estás considerando entregar semejante confianza. 

Debes conocer razonablemente qué es halal y haram [lo permitido y lo prohibido por la Ley Divina], qué exige la Sharīʿa [la Legislación sagrada], cuáles son las obligaciones esenciales, cuáles son los grandes principios éticos del Islam y qué conductas serían incompatibles con alguien que pretende conducir a otras personas hacia Allah.

Pero no solo eso.  

Un musulmán debería conocer suficientemente su dīn [religión] al punto de saber las razones por las cuales es musulmán, la historia islámica básica, los grupos dentro del Islam, qué es lo necesario del Islam, cuáles son las escuelas, y tener un criterio para no caer en fanatismos de escuela ni en estrecheces intrasectarias en el mundo islámico. Porque de otro modo puede enfrentar muchas experiencias de este tipo: dentro y fuera del mundo sufí.

No digo que uno deba conocer todo eso para poder participar en un dhikr o para visitar algunos maestros. Pero participar amigablemente no es de lo que hablo aquí: hablo de la decisión de tomar un maestor en ingresar en su ṭarīqa.

Y, salvo el muy raro caso de un auténtico discípulo y un mastro auténticamente kamil o perfecto (que ya se ha mencionado que queda fuera del presente escrito), en la inmensa mayoría de casos de pertenencia a una tariqa por las multitudes de los así llamados discípulos y los así llamados maestros perfectos, ese escrutinio nunca debe desaparecer después de la bay'ah. 

Dar bay'ah no significa entregar o renunciar con ello a la inteligencia. No significa transferir la conciencia moral a otra persona. No significa que desde ese momento todo cuanto ocurra dentro de la ṭarīqa deba recibir una interpretación favorable. El discernimiento que necesitabas para entrar sigue siendo necesario mientras permaneces dentro.

Paradójicamente, necesitas cierto grado de formación inicial importante antes de elegir a quien eventualmente tendrá alguna función en tu formación ulterior.

Para dar la bay'ah además, tampoco basta con que alguien sea realmente un walī de Allah. 

En primer lugar, reconocer la wilāya de alguien es ya una cuestión de discernimiento humano y, por tanto, falible.

Podemos encontrar signos extraordinarios, firāsa (conocimiento sobrenatural), transformación de quienes lo rodean, humildad, dhikr, karāmāt (milagros) o una presencia que orienta poderosamente hacia Allah. Podemos tener razones muy profundas para creer que estamos ante un walī. Pero nosotros no conocemos los corazones como Allah los conoce. 

Ahora bien, no se trata de ser preso del escepticismo irrazonable, por cierto. Y sí, si uno llega a tener buenos indicios acumulativos suficientes, lo rzaonable es que te formes una opinión conforme a lo que, en base a tu buen criterio previamente formado, llegas a conocer.

El asunto es que, admitiendo que alguien sea verdaderamente un gran walī, queda todavía otra pregunta: ¿es ese walī el maestro adecuado para mí?

No es una pregunta menor en absoluto. 

Puede haber diferencias de temperamento, cultura, metodología, sensibilidad, situación familiar o necesidades espirituales. 

Reconocer la santidad de alguien no crea automáticamente una obligación de darle bay'ah, por muchos que los discípulos de ese maestro piensen otra cosa.

3.          LOS LÍMITES DE UN MAESTRO

La wilāya (la santidad) tampoco equivale a competencia universal. Aquí va una serie de cosas obvias pero ¡cuántas veces se las olvida! (y muchas veces, ni siquiera se las conoce):

- No todo walī es shaykh.

- No todo shaykh es shaykh para ti.

- E incluso si fuera un buen maestro para ti, lo es en el campo del desarrollo espiritual (su zona de maestría, el conocimiento interior): pero no por eso es buen maestro en otros campos, a menos que además sea un maestro comprobado en esos otros campos del concimiento.

Un auténtico walī puede tener una extraordinaria comprensión de las enfermedades del alma y no ser mujtahid (un erudito de las ciencias islámicas capaz de tener un criterio muy elevado en asuntos de la religión).

O también puede poseer una formidable firāsa y ser un administrador mediocre.

Puede conocer aspectos del ghayb (el No Visto) que nosotros no conocemos y entender poco de economía.

Puede ser espiritualmente gigantesco y no tener ninguna competencia especial en psicología, política, medicina o sociología.

Un wali podría incluso ser un mal pedagogo. 

Por ejemplo: puede tener una estación espiritual real y, sin embargo, expresarse de formas que algunos discípulos interpretan mal; puede equivocarse al tratar a determinada persona; puede emitir mensajes contradictorios; puede no advertir el daño psicológico que determinada metodología causa en alguien. Reconocer esa posibilidad no es faltarle el respeto. Lo peligroso es construir un sistema donde admitir que el shaykh se equivocó sea prácticamente impensable.

Santidad e infalibilidad, o santidad y conocimiento en todos los campos, son cosas completamente distintas.

Un shaykh de elevada estación, no pierde su personalidad, idiosincrasia, ciertos prejuicios culturales o de formación, su cultura y temperamento.

Puede ser duro o dócil, expansivo o reservado, severo o indulgente. Puede conservar en efecto varios prejuicios culturales, sesgos generacionales, preferencias personales o criterios discutibles sobre cuestiones que la propia Sharīʿa deja abiertas y en donde él adopta una posición como "la" posición, cuando en verdad su elección no es la única e incluso puede ser muy discutible.

El peligro aparece cuando el discípulo empieza a convertir la idiosincrasia del shaykh en norma universal: los gustos de su maestro se transforman en virtudes, las aversiones de su maestro se transforman en defectos a evitarse y su cultura particular en una especie de Sunna privada.

Queda fuera, según lo que se ha aclarado al inicio, el caso de la relación extraordinariamente rara, y sumamente especial, de alguien que ha muerto a este mundo por albergar una pasión pura e inmensa por Dios: el caso del discípulo puro. Y su relación con un maestro auténticamente perfecto, es decir, aquel que más allá de su idiosincracia, sesgos, cultura y demás elementos humanos que siempre los mantendrá, es un polo auténtico de contacto de los Cielos con este mundo, un ser humano que ha realizado las estaciones espirituales hasta establecerse directamente en presente del Profeta, la paz sea con él, y de Dios, glorificado y exaltado sea. Pero qué raro y extraordinario ese ese caso.

 4.          EL PELIGRO ES REAL

¿Por qué tanto cuidado con delimitar el campo de un maestro?

Pensemos en un caso hipotético (pero cuántos casos reales hay tras esta “hipótesis”).

Un sheikh puede ser un hombre de enorme austeridad, dhikr y servicio, manifestar auténticas karāmāt —dones extraordinarios concedidos por Allah a algunos awliyā'— y poseer una firāsa sorprendente. Puede recibir a un discípulo y, sin que éste le haya explicado nada, identificar exactamente una enfermedad de su corazón, advertirle sobre una situación familiar que nadie le había contado o decirle unas palabras capaces de transformar su vida espiritual. Podemos razonablemente reconocer en eso signos extraordinarios.

Pero ese mismo sheikh puede haber crecido en una cultura profundamente patriarcal, conservar prejuicios fuertes respecto de las mujeres que trabajan, tener opiniones políticas extraordinariamente simplistas o recomendar una inversión financiera desastrosa porque confió ingenuamente en alguien.

Que conozca admirablemente un corazón no demuestra que conozca los mercados. Que tenga firāsa no convierte sus prejuicios culturales en revelación. Y que sea un walī no convierte automáticamente sus opiniones políticas, económicas o familiares en una extensión de la Sharīʿa.

Imaginemos un segundo sheikh hipotético, completamente diferente: afectuoso, misericordioso, extraordinariamente luminoso, capaz de generar profundas aperturas durante el dhikr. Quizá un día llame inesperadamente a un murīd situado en otro país y le diga: «No tomes mañana esa decisión», sin aparente conocimiento de lo que ocurre, y al día siguiente el discípulo descubra que aquel consejo evitó una desgracia. Quizá perciba también una crisis interior que otra persona había ocultado a todos. 

Y, sin embargo, puede ser extraordinariamente pasivo al gobernar su propia ṭarīqa: incapaz de poner límites a un hijo autoritario, demasiado indulgente con un muqaddim abusivo, reacio a destituir colaboradores incompetentes porque les tiene cariño, o incapaz de percibir la magnitud del sufrimiento que determinadas dinámicas institucionales están produciendo en algunos discípulos. 

Puede ser espiritualmente superior a casi todos los que lo rodean y, al mismo tiempo, dirigir mal determinados asuntos de su organización. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

Pero si piensas como discípulo suyo que la boca de tu maestro sólo produce afirmaciones infalibles (o casi infalibles en la práctica) puedes terminar tomando una decisión desastrosa para tu negocio, familia, cultura, etc. si no eres capaz de retener tu autonomía de criterio razonable, o si la tariqa te enseña que hacerlo es ser mal discípulo.

Y ¡cuántos casos así han ocurrido!

Hay que abandonar una falsa disyuntiva que causa mucho daño: «Si es verdaderamente un walī, todo cuanto hace tiene que estar bien; y si se equivocó gravemente, entonces nunca pudo haber sido un walī». No. 

Un ser humano puede poseer extraordinaria proximidad a Allah y conservar limitaciones, ignorancias, afectos, prejuicios, errores de juicio y puntos ciegos. La wilāya no es infalibilidad. 

Una concepción madura del sufismo debe permitirnos reconocer una karāma cuando tenemos buenas razones para reconocerla y, al mismo tiempo, llamar error a un error cuando existen razones igualmente claras para verlo.

Pero claro, si estas “equivocaciones” se refieren a que el maestro tenga conductas prohibidas por la Ley Divina (que debes tú conocer muy bien para ello), y no son un episodio raro, y pero aún si se las llama “sabidurías” … sal de allí cuanto antes.

5.           EL PROBLEMA PUEDE SER LA TARIQA MISMA.

Esto es especialmente importante porque un auténtico walī puede continuar viviendo dentro de una concepción institucional de la ṭarīqa que pertenece sociológicamente a otra época.

Las antiguas ṭarīqas podían constituir verdaderas microsociedades. El shaykh conocía a las familias durante generaciones, intervenía en conflictos, conocía a esposos, esposas, hijos y vecinos y podía modificar realmente el entorno social de sus discípulos. Utilizando una imagen fuerte, podía funcionar casi como un pequeño rey dentro de aquella microsociedad.

Hoy un shaykh puede tener diez mil o cien mil murids distribuidos por el mundo. La forma institucional puede conservar el lenguaje de aquella antigua relación mientras la realidad que lo sustentaba ha desaparecido.

El shaykh no conoce tu matrimonio, la familia de tu esposa, los amigos de tus hijos, tu jefe, tus compañeros de trabajo ni las innumerables circunstancias concretas de tu vida.

Puedes ir a visitarlo 1 vez al año. Pero sé realista. Eso no cambia el asunto salvo en muy pequeña y temporal medida.

Incluso viviendo cerca de él, que es el caso más infrecuente, su capacidad para transformar todo tu entorno es muchísimo menor que la que podía ejercer un shaykh dentro de una comunidad tradicional cerrada.

Por eso conviene preguntarse honestamente qué significa en estos casos nuestra bay'ah.

Si no eres alguien en suluk profundo (1 de cada 1000 o menos) y a su vez no vives cerca a él para ese propósito educativo en particular (y la gente de suluk intenso que vive cerca a él a su vez a veces se cuentan con los dedos de una mano), es decir, si perteneces al gran grupo general de los discípulos, tienes una realidad que la ṭarīqa frecuentemente negará:

Tu bay'ah en los hechos es una bay'ah de barakah, aunque el discípulo o los representantes de la ṭarīqa digan que tu pacto al maestro es un pacto clásico con todas sus características (y obligaciones).

Recibir adhkar (recitaciones), seguir enseñanzas (en su ámbito de competencia), amar al shaykh, encontrarse ocasionalmente con él y vincularse a su silsila o línea de transmisión puede ser espiritualmente precioso. No hay que menospreciarlo. 

Pero tampoco hay que inventar una suhba [relación personal frecuente e intensa con el maestro] y tarbiya personal [entrenamiento verdaderamente personalizaod] donde materialmente no puede existir.

6.          LAS DINÁMICAS DE TARIQA TIENEN UN PROBLEMA.

Alrededor de cualquier autoridad espiritual pueden además generarse dinámicas sociales que ni siquiera el propio shaykh buscó.

La más clásica: su familia adquiere una aureola especial. 

Sus hijos comienzan a ser considerados casi espiritualmente superiores por nacimiento. 

O también: sus acompañantes o ayudantes parecen más importantes porque tienen acceso al shaykh. Sus muqaddims o wakiles o representantes reciben una autoridad que paulatinamente deja de ser funcional y empieza a entenderse como jerarquía espiritual.

Pero el hijo de un walī puede ser simplemente su hijo con alguna formación general buena, o incluso puede ser un musulmán mediocre o hasta un mal individuo. Un muqaddim puede ser simplemente un buen organizador. La cercanía social al shaykh no mide la cercanía a Allah.

Ser representante del shaykh no convierte a nadie en wali, ni en psicólogo, ni en sabio, ni siquiera necesariamente en una persona con mejor carácter que los demás.

Hay además en el mundo de las ṭarīqas otro elemento que por desgradia es muy común.

Y hay que decirlo sin rodeos: existe fanatismo y sectarismo sufí. 

Hay ṭarīqas en las que prácticamente todo el mundo termina convencido de que su sheikh es el Qutb de la época [el Polo espiritual de todos los santos de Dios de su generación], o el Sulṭān al-Awliyā', que el anterior también lo fue, que su ṭarīqa es la única que conserva verdadera tarbiya y que las demás son apenas caminos de barakah. 

Pero lógicamente no todas esas afirmaciones pueden ser verdaderas.

Eso debería producir, como mínimo, una sana cautela epistemológica.

Esto no invalida un relato extraordinario. Pero sí produce humildad, cautela y poner en acción el detector de fanatismos.

A veces las afirmaciones ni siquiera se limitan al orden del rango espiritual. 

No. No es suficiente. El maestro debe ser más grande todavía. 

Y entonces se afirma que el sheikh es prácticamente mujtahid mutlaq (genio experto de las ciencias islámicas) sin que pueda exhibirse ante especialistas una producción jurídica capaz de justificar semejante afirmación.

Pero si aquel maestro ha alcanzado tan elevado rango de conocimiento de las ciencias islámicas: ¿dónde existe una obra jurídica, metodológica o científica capaz de demostrarlo ante los ulama especializados?

La admiración de los discípulos no sustituye la evidencia. Si alguien es un gran jurista debe poder reconocerse en su producción jurídica. Si es un gran especialista en hadiz, en sus trabajos de hadiz. Si es un gran pedagogo, en los frutos de su pedagogía. 

Ser wali no necesita convertirlo además en todas esas cosas.

7.        UNA REALIDAD Y UNA PARADOJA

Y aquí la cruda realidad: la gran mayoría de shaykhs sufíes, incluso auténticos, sinceros, verdaderos awliya, tienen poco conocimiento especializado de las ciencias islámicas y no califican muchas veces como ´alim (erudito en el Islam) y menos como un ´Allamah (un sabio de gran renombre).

Son muy escasos los casos donde el maestro sufí es además un erudito amplio.

Y aun así, no hay casi nunca entre ellos, ni entre los otros ulama, gente de auténtico ijtihad (de conocimiento elevado suficiente para formar su comprensión directa del Islam). Sino que son básicamente, en el mejor de los casos, serán “lectores [muy inteligentes, eso sí, en esos pocos casos] de la propia escuela que siguen” (seguidores, gente de taqlid, de una escuela: maliki, shafii, hanafi, hambali, con los sesgos y limitaciones propias del taqlid).

Pero aquí viene la paradoja:

No obstante ello, se observa muchas veces que la pertenencia a una ṭarīqa comienza a producir la sensación de formar parte de una élite espiritual frente a los demás musulmanes, algo profundamente contrario a la finalidad misma del tasawwuf ha comenzado a ocurrir.

El camino que debía destruir el orgullo ha producido una nueva forma de orgullo:

el orgullo de pertenecer al grupo que supuestamente ha trascendido el orgullo.

8.       INMUNIDAD A LA CRITICA AUTÉNTICA

El síntoma más peligroso aparece cuando el sistema se vuelve inmune a toda corrección. Y eso ocurre cuando se construye un sistema cerrado de interpretación.

Funciona así:

Si algo que hizo el sheikh produjo daño, «había una sabiduría secreta». 

Si alguien sufrió, «es su nafs [ego]». 

Si pregunta, «le falta adab [no sabe comportarse]». 

Si un muqaddim [representante] actúa mal, «no debemos mirar los defectos de los cercanos al sheikh». 

Si alguien se va, «perdió la barakah» [ya no tiene la aureola de la bendición especial]. 

Y si critica la estructura, esa misma crítica demuestra supuestamente que está espiritualmente enfermo. 

En ese punto puede haber dinámicas que francamente tienen visos de sectarismo. 

Y así es como un discípulo de buena fe puede sufrir durante años, quedar cegado, perder confianza en su propio juicio y terminar confundiendo la destrucción de su autonomía con la destrucción de su ego.

En ese momento ya no estamos simplemente ante espiritualidad: aparece una relación bien conocida de autoritarismo en la sociología del poder y del conocimiento, mecanismos de pertenencia y dinámicas auto-protectoras que tan fundamentales son para las sectas.

Pero que no debieran formar parte de una hermandad espiritual.

Una persona puede realmente sufrir dentro de una estructura de este tipo. Puede pasar años intentando negar aquello que ve. Puede terminar desconfiando de su propia conciencia. Puede creer que está destruyendo su ego cuando en realidad está debilitando su personalidad. Puede llamar adab al miedo, entrega espiritual a la dependencia y humildad a la incapacidad de decir que algo está mal.

Por eso la bay'ah nunca debería exigirnos cerrar los ojos.

9.           ES NECESARIO UN GRAN CAMBIO

Lo anterior no constituye un argumento contra la bay'ah ni contra el sufismo. 

Constituye un argumento contra la ingenuidad y el uso de una relación de poder y las dinámicas de grupo cuando éstas se vuelven todo menos sanas. 

Eso sí: constituye un argumento para un gran cambio en las dinámicas de muchas ṭarīqas.

Existe una crisis real de adaptabilidad de las ṭarīqas al mundo contemporáneo.

No es necesariamente una crisis del sufismo o tasawwuf.

Muy al contrario. En una época caracterizada por materialismo, distracción, ansiedad, individualismo y superficialidad espiritual, existe una necesidad enorme de tasawwuf: purificación del corazón, dhikr, contemplación, disciplina del ego, maḥabba —amor espiritual— y orientación hacia Allah.

Pero una cosa es la realidad espiritual del sufismo y otra sus formas institucionales históricas. Las instituciones no son eternas. Son vehículos.

Y un vehículo que funcionó admirablemente en determinadas condiciones históricas puede necesitar transformaciones profundas cuando esas condiciones desaparecen.

El mundo contemporáneo posee rasgos negativos evidentes: individualismo excesivo, dificultad para aceptar una autoridad legítima, fragmentación del conocimiento, narcisismo y una tendencia a creer que cualquiera puede convertirse en especialista viendo vídeos.

Pero también posee adquisiciones valiosas:

Mayor alfabetización.

Acceso inmenso a fuentes.

Capacidad de comparar maestros.

Posibilidad de consultar especialistas de distintos países.

Mayor conciencia de las dinámicas de abuso psicológico.

Mayor autonomía personal.

Una concepción más madura de la responsabilidad individual.

Todo eso no debe ser tratado simplemente como "decadencia moderna". También forma parte de la realidad histórica en la que Allah nos ha colocado.

No podemos alienarnos psicológicamente intentando vivir como si estuviéramos en una aldea de Anatolia del siglo XIII, una zāwiya marroquí del siglo XVIII o una comunidad de Asia Central del siglo XV. No vivimos allí.

Y fingir que vivimos allí no recrea aquel mundo.

Por eso hay que decir algo que puede resultar incómodo:

Determinadas formas de jerarquía personal absoluta que todavía se reproducen en algunas ṭarīqas no tienen hoy ningún sentido ni justificación.

No me refiero a negar toda autoridad. Siempre habrá maestros y alumnos, siempre habrá personas con más conocimiento. Eso es natural.

Más aún: hay siempre auténticos siervos de Allah. Hay hombres y mujeres de corazones extraordinariamente dedicados.

Creo perfectamente posible que existan auténticos awliyāʾ de Allah en nuestro tiempo y de hecho sí hay maestros.

Pero precisamente por eso resulta doloroso observar cuánto pueden contaminar la transmisión del sufismo el culto a la personalidad, la idealización del entorno familiar del shaykh, las jerarquías artificiales, la inflación de títulos espirituales, el sectarismo entre ṭarīqas y la incapacidad institucional para admitir errores o para no adaptarse.

Decirlo no es servir al enemigo del sufismo. Ocultarlo sí puede terminar sirviéndolo.

Porque cuando una persona inteligente entra en contacto con estas dinámicas y descubre contradicciones evidentes, puede terminar concluyendo no solamente que aquella organización estaba equivocada, sino que todo el tasawwuf era falso.

Y eso sería profundamente injusto.

Hay que saber distinguir el oro de la estructura humana que históricamente lo transportó.

Lo que carece de sentido es convertir la existencia de estos siervos  de Dios de corazón iluminado en una pirámide de subordinación psicológica total.

10.           HACIA UN NUEVO PARADIGMA

Hay un cambio de paradigma necesario frente al esquema clásico del mundo premoderno de las tariqas.

Hoy veo perfectamente legítima otra forma de relación: acercarse a un shaykh, amar su luz, aprender de su experiencia, escuchar su consejo, mantener amistad y confianza, pedirle corrección allí donde verdaderamente nos conoce; pero sin construir alrededor de él una soberanía imaginaria sobre nuestra existencia.

Podemos aprender fiqh de un faqih, psicología de un psicólogo, medicina de un médico y tasawwuf de una persona que verdaderamente conozca el camino del corazón. No necesitamos fingir que todas las ciencias de Allah fueron depositadas en un solo ser humano.

Si encuentras un gran shaykh, agradéceselo profundamente a Allah. Si encuentras una comunidad sana de dhikr, disfrútala. Si una silsila te alimenta espiritualmente, permanece en ella. Si la bay'ah te ayuda verdaderamente a disciplinar el nafs y acercarte a Allah, reconoce esa gracia.

Pero mantén despierta la conciencia de que alrededor de las cosas más sagradas también pueden desarrollarse estructuras profundamente humanas.

Una relación sana con un sheikh debería finalmente producir más inteligencia, más personalidad (sí, más personalidad sana, más tu función e historia propia como siervo único de Dios en este mundo), más fuerza de voluntad, más discernimiento, mayor capacidad de amar, mayor responsabilidad y una conciencia más profunda de Allah. No debería infantilizarnos. Un verdadero maestro no necesita que su discípulo permanezca intelectualmente pequeño para poder seguir siendo maestro. El mejor profesor es precisamente aquel que se alegra cuando el alumno crece.

Y, sobre todo, no cierres el horizonte del conocimiento después de encontrar tu camino. Tener un shaykh no debería impedir conocer a otros shuyūkh. Pertenecer a una ṭarīqa no debería producir temor a escuchar a otros awliyā'. Amar una silsila no debería convertir todas las demás en sospechosas. Podemos nutrirnos de otros maestros sin abandonar nuestra senda. Podemos reconocer una luz distinta sin negar aquella que ya recibimos.

La unidad no consiste en uniformización. El camino hacia Allah es demasiado inmenso para reducirlo a nuestra pequeña geografía institucional. Otros shuyūkh pueden conocer cosas que el nuestro no conoce. Otros awliyā' pueden manifestar otros regalos de Allah. Otras ṭarīqas pueden haber conservado tesoros que nuestra propia cadena no enfatiza. Conocerlos no tiene por qué fragmentarnos: puede ensanchar nuestra capacidad de recepción y enriquecer precisamente el camino que ya recorremos.

Y si alguna vez llegamos verdaderamente a estados avanzados de sulūk, entonces quizá deberíamos volvernos todavía más agradecidos por los awliyā' de Allah dondequiera que aparezcan, no menos. A mayor conocimiento del océano, menos razonable resulta imaginar que todo el océano está contenido en nuestra copa.

Por eso, después de todos estos años, mi conclusión no es:

«Da bay'ah».

Ni:

«No des bay'ah».

Es otra:

Ama a la Gente de Allah auténtica. Y aprende. Discierne. Conoce. Observa. No abandones nunca esa capacidad.

Si das bay'ah, hazlo con los ojos abiertos. Si no la das, no pienses que por ello has quedado fuera del camino hacia Allah.

Si encuentras un auténtico walī, agradécelo. Pero recuerda que puede ser un walī sin ser necesariamente tu walī, tu maestro, tu pedagogo o la persona adecuada para dirigir tu vida.

Si encuentras a tu shaykh, ámalo sin convertirlo en infalible.

Reconoce sus karāmāt sin transformar todas sus decisiones en karāmāt.

Respeta a su familia sin santificarla ni mitologizarla.

Respeta a sus representantes sin convertir sus cargos en estaciones espirituales ni alimentar sus egos ni permitir una relación de poder que no sea sana.

Ama tu ṭarīqa, si estás en una, sin imaginar que Allah ha agotado Sus tesoros dentro de ella.

Y mantente abierto.

Si se dan las caratcerísticas nocivas antes mencionadas, a un grado que no es manejable para ti, entonces en esos casos no dar bay'ah:

Puede proteger tu inteligencia.

Puede proteger tu personalidad.

Puede proteger tu familia.

Puede proteger tu relación con Allah.

Mantente siempre abierto a aprender.

Abierto a corregirte. Abierto a otros hombres y mujeres de Allah. Abierto a otras formas de conocimiento. Abierto a reconocer un error incluso allí donde existe mucha luz. Y abierto también a reconocer una enorme luz incluso en alguien que posee limitaciones humanas evidentes.

Una forma más madura de vivir el sufismo es ésta: 

Permanecer fiel sin volverse cerrado; amar sin idealizar; obedecer donde corresponde sin abdicar de la conciencia; recibir barakah sin fabricar infalibilidad; caminar por una senda concreta sin confundirla con todo el horizonte.

Porque finalmente no entramos al tasawwuf para pertenecer a una institución.

Ni para poseer un shaykh.

Ni para poder decir que nuestra ṭarīqa es la correcta.

Entramos para conocer mejor a Allah, purificar el corazón y convertirnos en seres humanos más verdaderos delante de Él.


Por: Nuruddin Cueva, 4 de setiembre de 2026.