martes, 23 de marzo de 2010

Eruditos y Charlatanes en el Camino


Dentro de los peligros y confusiones en el Camino, se encuentra el seguir las pasiones o ilusiones del ego bajo hermosos argumentos y cubiertas religiosas.

Como nos recuerda críticamente Shaykh Abdul Kerim Effendi: 'hoy en día, bajo el nombre de la religión, la gente está siguiendo sólo a sus egos; pero el ego sólo sigue al shaytan'.  O también: 'hoy en día, la gente hace sajdah (postración a Dios llevando la cabeza al suelo), pero al momento mismo de hacer sajdah, en realidad sólo están adorando a sus egos; al hacer sajdah, están levantando su cabeza contra su Creador'.

Sobre el particular, presentamos a continuación un consejo agudo y una descripción penetrante que nos viene de Ibn Abbad de Ronda, maestro y sufi andalusí (1333-1390) que fue durante 25 años imam y khatib en la mezquita al Qarawiyyin en Marruecos, que Allah esté complacido con él.  Nuestras pocas observaciones van entre corchetes [].


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El murīd [el buscador espiritual, aquel que desea ser verdaderamente siervo de Dios] debe evitar la compañía, preocupaciones y acciones de dos grupos de personas: el primer grupo son aquellos que viven inmersos en las ciencias de lo externo, como los [fuqaha] alfaquíes [juristas] y demás. Son personas que no encuentran la paz en sus investigaciones, lo que les lleva a caer en diversas formas de desobediencia, tanto exteriores como interiores. Y aunque estar a salvo de falta es algo bastante raro en toda circunstancia, en el ambiente de las alambicadas especulaciones legales y de la casuística legal gratuita, no hay protección alguna contra la distracción y el olvido del corazón. Así empleará su vida en vano, agotándose y perdiendo su tiempo en lo que no le concierne ni le aporta beneficio alguno, y desperdiciará las bendiciones de sus obras y su conocimiento con la casuística.

En el mejor de casos, los que tratan estos temas son los que hacen uso de esto para ayudar a aquellos que precisan de estos conocimientos en su litigio con los legisladores. Defienden su oficio con argumentos valiosos, como:

“Me hago cargo de este deber (farḍ kifāya) para hacer desaparecer la ignorancia y el error. Desde tiempos inmemoriales ha habido quien se ha ocupado de esta labor, y han investigado y han buscado sin desistir, como hizo [el Imam] Mālik y otras autoridades religiosas. Camino por su misma senda y cumplo con su trabajo. ¿No seré, en ese sentido, un refugio para los que se ahogan y un lugar de guía para quienes se equivocan, desde el camino errado al camino correcto?”

Y por ello no cejan en demostrar la sinceridad de sus obras; aconsejan en base a ello; recorren el camino y ayudan a recorrerlo. Pero esto no es más que una treta e insinuación del demonio, por la cual extiende la disensión y el error. Uno de los errores más graves a los que puede conducir el Demonio con su fina retórica y sus argumentos retorcidos es a que tal persona llegue a olvidar su alma y a su Señor. Satán toma las riendas de la persona con la mano de las pasiones, volviéndolo sordo y ciego. Aprovechando su temor y ansiedad, tal persona es superada por el olvido y la insensibilidad, de forma que aparecerán en él los frutos de estas maneras perniciosas, y entrará en discusión con los que han caído y con discutidores.

Tales obstáculos se multiplican según la inmersión de la persona en las ciencias legales, por lo que aumenta continuamente la dificultad de mantenerse libre y escapar de ellas. Según avanza en sus estudios por su propio interés, aumenta su ceguera y su deficiencia. Es como quien construye una fortaleza a costa de arrasar la cuidad.

El signo de tal actitud es la alta estima que tiene de su alma, así como su embelesamiento con su inteligencia e intuición, su orgullo frente a sus iguales, su rechazo a los consejos y avisos. Rechaza lo que se le dice porque está sordo y su corazón distraído. Desprecia a sus compañeros e iguales. Cae en el peor de los pecados al maldecirlos en su ausencia y calumniarlos en su presencia.

Quienquiera que haya experimentado su manera de actuar y presenciado sus acciones estará seguro de lo que acabo de decir sobre tales personas. Su camino no tiene nada que ver con el de los ancestros piadosos (al-salaf al-ṣāliḥ), cuyo camino no era otro que la hermandad (muàjā), la familiaridad (taànnus) y la franqueza mutua (inbisāṭ).

Ahora, si tan desgraciada persona se da cuenta de su negligencia y autoengaño, de lo vil de sus actos y sus consecuencias, hasta llegar a un verdadero deseo de arrepentimiento, de cambio de corazón y de llegar a los más elevados atributos, descubrirá con ello que aquello que le afligía estaba profundamente enraizado en su naturaleza y que su oscuridad cegaba completamente la luz de su visión interior.

Si es de aquellos favorecidos con la [observación preclara] ('ināya) y guiado por la vía de la vigilancia (ri'āya), verá la posibilidad de luchar contra sus pasiones como una tarea terrible, pero acometerá esta tarea de eliminar sus atributos reprensibles, aunque sea bajo las más difíciles circunstancias. Si, por otro lado, es de los que se dejan a su suerte, y lo extravía Dios por medio de (su) conocimiento, su ceguera no hará más que aumentar. Permanecerá esclavo de sus pasiones y perderá tanto las cosas de la religión como de su vida profana. Y pedimos a Dios que nos proteja de esto.

Todo aquel cuyo corazón se ve afligido por cosas parecidas a estas que hemos mencionado, y que son el peor de los enemigos, debe comparar su estado con el de los grandes guías que hemos mencionado a través del ojo de la objetividad, libre de todo defecto y miopía. Entonces verá el abismo y diferencia entre ambos, y no podrá más que decir, "¡Qué diferencia tan notable!" Esto es así porque los guías construyeron sobre el temor de Dios, la piedad y la sinceridad en secreto y en público. Y esto, a su vez, les llevó a la agudeza de su visión interior y a la pureza de sus secretos. Comprendieron las verdades de los manifiesto y lo oculto de esta vida y de la próxima. Encontraron la ayuda tanto en su tiempo como en sus hermanos, y esta ayuda y amistad les ayudó a disponer sus asuntos correctamente como nadie a vuelto a ver. Y sabemos de sus estados gracias a la transmisión continua que se hace de sus hechos.

En segundo lugar, el buscador debe evitar a los charlatanes autocomplacientes (al-šāṭiḥū al-mutrajiṣūn) [es decir, los que se dicen sufíes] que no se atienen a los juicios de la Ley y que ignoran la obligaciones formales. El buscador los debe evitar tanto como a los alfaquíes, o más si cabe, pues pueden causarle un daño mayor. Sus estados espirituales están sujetos a las pasiones de sus almas, pues hacen pública su afirmación de poseer unos sublimes rangos espirituales y estar libres de la obligación de las obras ...
 
Si a la actitud [de los antes referidos] se le añade el desprecio de la Ley y la preocupación con el no visto y los sucesos extraordinarios, entonces la cuestión es mucho más seria, y el huir de ellos es una obligación.





Fragmento extraído de: Cartas de Ibn Abbad.  Traducción de Nuruddin Margarit*.  Nuestros agradecimientos a él por su valiosa labor.


* Como opción de edición, hemos preferido, sin embargo, refrasear el uso del término 'exoterismo' por ciencias 'de lo externo' y refrasear el giro 'clarividencia divina' por 'observación preclara', a fin de evitar una connotación innecesaria de significados ajenos.


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